dimarts, 10 de febrer del 2009

TORRACOLLONS



Esto es un mosquito torracollons.


Torracollons es una palabra catalana que significa, literalmente, “tuestacojones”. Un torracollons es una persona a la que le gusta chinchar a los demás.
Yo, de vez en cuando, he ejercido de torracollons, y lo sigo haciendo de vez en cuando. Más que nada porque me divierte meterme con según qué temas.
Con la Iglesia, por ejemplo, me encanta. De algo me tiene que haber servido estudiar once años en los Salesianos.
No diré lo que pienso sobre Dios y la Iglesia. Ahora mismo no me apetece ponerme de mala leche, empezaría a despotricar e igual al que tuviera delante le llenaría de escupitajos (capellans, en catalán) de tanto ardor despotricador que me entraría, o me cogería un infarto, vete tú a saber.
Sólo daré algun ejemplo de mi vena interna de torracollons:
Tengo un amigo, el Joan, con el que, entre otras cosas, jugamos al ajedrez, aunque cada vez menos. Nos servimos un par de whiskises y, mientras jugamos vamos hablando sobre temas varios. Joan es un buen conversador, y una persona muy culta. También es cristiano, católico, apostólico y romano. Toma ya, cuantas cosas en una sola persona. Y siempre acaba saliendo el tema religioso, que normalmente saco yo a colación. Joan defiende sus ideas y creencias, a pesar de que comparte bastantes puntos de vista conmigo, pero su educación cristiana puede con él. Me dice que en mi interior hay más religiosidad de la que parece, que soy un torracollons por sistema, etc etc., y que con el tiempo abrazaré la fe y todo ese rollo. Es entonces yo le hago la pregunta desmontadora:
- Muy bien, Joan: yo creeré en Dios, en la Virgen, en el Papa y en su puta madre cuando me expliques y entienda el misterio de la Santísima Trinidad. Porque, perdona, eso no lo comprende ni Dios.
Se me queda mirando con cara de pocos amigos, cosa rara en él.
- Eso es cuestión de fe.
- Si, ya de fe. Fe de erratas. Siempre decís lo mismo. Todo lo arregláis así. Con la fe de los huevos.
- Tú eres un cabrón.
Cuando le dije que quería apostatar, Joan se indignó:
- ¡Tú eres un torracollons y un cabrón! Eso lo haces para joder.
- Si fuera cierto eso, ya lo habría hecho mucho antes, que no me como un rosco-, le contesté, bromeando. Pero ya no dije nada más, que se ponía colorado el pobre.
Y entonces es cuando se acaba la discusión, y seguimos jugando al ajedrez.

Continuamos siendo igual de amigos, por cierto.



Con el hermano Úbeda acabó la cosa de un modo parecido. Éste era un cura de La Salle. El colegio tiene un campo de fútbol y un club (donde juego desde hace un montón de años). Él estuvo bastantes años como coordinador de la sección, pues antes dependía de los curas. Luego se trasladó a otro colegio, y no volvió hasta al cabo de unos cuantos años, cuando los hermanos se habían desvinculado, aunque cedieron el campo y las instalaciones.
El hermano Úbeda siempre venía a ver al primer equipo, que era donde yo jugaba. Se quedaba con nosotros en el bar del campo después de los partidos, y también se ponía tierno a cervezas, como todos nosotros. Allí hablábamos del partido, de las tácticas, oíamos cantar “No me cortaràs er peeeeeloooo” al hijo del que llevaba el bar, y tonterías varias. Conmigo el hermano Úbeda hablaba bastante, porque supongo que le debería gustar cómo jugaba, pero sobretodo porque entendía el juego, o al menos lo intentaba. Un poco en plan analista, como los comentaristas invitados en los partidos de la tele.
Un domingo después del partido, que supongo que ganamos porque íbamos todos bastante morados, estábamos discutiendo las jugadas y tal cuando me dio la vena torracollons y me dirigí al hermano Úbeda, que estaba quinto en ristre, como todo cristo:
- Perdone, hermano Linares… Le puedo hacer una pregunta?
- Pues claro, Llorenç. Dime, majo…
Supongo que esbocé, al preguntar, una sonrisa irónica:
- Hermano… De quién?
Al hermano Úbeda le cambió el careto de golpe y porrazo, como si se le hubiera pasado al momento la alegría que llevaba dentro.
- Tú eres un cabrón.
Desde entonces, cuando me ve, apenas me saluda.
Es lo que tiene a veces ser un torracollons, te dejan de hablar.
Aunque los hay que tienen muy poco sentido del humor.
Amén.

dijous, 5 de febrer del 2009

VIERNES A LAS 19,44 H

Ilustración: Llorenç Pubill



Como cada viernes a las 19,44 h., Celedonio amontonó su azarosa vida, tomo sobre tomo, y se dispuso a contar cuentos a sus vecinos: a Jacinto, que no salía nunca de casa cuando llovía porque temía ahogarse en cualquier charco; a Herminia, que leía los libros al revés; a Pancracio, que creía que los chopos daban ciruelas; a Mariano, el gato escritor de novelas negras.
Al empezar a leer, una ráfaga de viento hizo volar los papeles, que desaparecieron para siempre. Celedonio no era capaz de recordar de qué iba el cuento, pero no le importó lo más mínimo: de su boca brotó una palabra tras otra, formando éstas por su cuenta la historia más maravillosa que jamás escuchó su extasiado público.
Cuando Celedonio acabó el relato, recogió su vida y se fue a su casa.
Aquél día, viernes, Jacinto salió a pasear cuando empezó a llover; Herminia leyó un libro del derecho; Pancracio se convenció de que los chopos no daban ciruelas, sino castañas, y Mariano, el gato escritor de novelas negras, empezó a escribir una poesía que hablaba de un contador de cuentos con su azarosa vida a cuestas.
Así mataban el tiempo hasta el siguiente viernes, a las 19,44 h.

dimecres, 4 de febrer del 2009

EL BALILLA


Manuel era un balilla, como mi abuelo… Se pasaba los días y las noches de parranda en parranda, y no tenía un trabajo fijo, estable. Para poder independizarse de sus padres, no se le ocurrió otra cosa que casarse.
Encontró una mujer de buena familia, a la que cameló con sus artes nocturnas, que de eso sabía un rato. Finalmente, la pobre cayó en sus redes y contrajeron matrimonio.
La esposa de Manuel, Pepita, era muy modosa, sin vicios y ahorradora. Éste, una vez conseguido su objetivo, continuó siendo un calavera de orejas y de narices, siendo incapaz de mantener empleo alguno.
Un buen día Manuel pidió a Pepita parte de su dinero, ahorrado con mucho esfuerzo, para comprar artículos de mercería y dedicarse a vender. La mujer, recelosa (con toda la razón) no estaba convencida en absoluto, pero al fin cedió a los ruegos de su esposo y le entregó la pasta.
Manuel desapareció.
Durante tres días no dio señales de vida, el tío. Pepita, preocupada y también cabreada, se dedicó entonces a buscar a su marido. Preguntó a los vecinos, conocidos y a todo el mundo que pudiera tener alguna relación con Manuel, hasta que alguien le dijo dónde se encontraba.
Ese mismo día Pepita entró, bien entrada la noche, en un subterráneo del Barrio Chino. Allí contempló, atónita, cómo su amado esposo estaba bailando encima de un escenario, vestido de folklórica, mientras un nutrido grupo de mariquitas (de la acera de enfrente, sarasas, plumíferos o como se quiera decir) le jaleaban ardorosamente.
Ni qué decir que Pepita le puso de patitas en la calle.
Y, harta de todo, vendió la casa y se largó a vivir a Glasgow.
A Manuel, por su parte, la cosa no le fue tan mal. Sin un duro pero lleno de recursos, consiguió un poco de dinero para comprar unos muebles empotrados en un portal de La Rambla e instaló un puesto de compra-venta de monedas. Más adelante amplió el negocio intercambiando novelas.
Con el tiempo perfeccionó el tema literario y se convirtió en librero. Sus descendientes aún continúan con el negocio.
No se sabe si Manuel, por las noches, continuó vistiéndose de folklórica subterránea.
Eso es secreto de familia.

dimarts, 3 de febrer del 2009

SERES

Ya han llegado. Están aquí.
Me di cuenta hace unos días, una mañana que salí de casa para buscar el periódico en el quiosco que tengo cerca.
- Buenos días, Cirilo- le dije al quiosquero mientras le daba el euro de rigor-; ¿te has fijado en eso?.
Cirilo, sin apenas levantar la cabeza, asintió:
- Si, cuando cerré el chiringuito estaba como siempre, verde, pero esta mañana, cuando he venido, estaba así, diferente.
Me lo quedé mirando mientras me alejaba. El verde se había transformado en múltiples colores, vivos, radiantes, de formas variadas, pero tenían un nosequé que me inquietaba.
Algo me decía que allí sucedía algo extraño.
Al cabo de unos días en el periódico apareció una noticia que hablaba de la desaparición de botellas vacías. En los contenedores colocados para reciclar el vidrio no había ningún envase, estaban vacíos. Las autoridades no se explicaban el suceso.
Intrigado, esa noche bajé a la calle a investigar.
Eran las tres de la mañana, y no había ni un alma.
Entonces los ví.
Salían del agujero uno detrás de otro, como una colonia de hormigas, y se movían con tanta rapidez que apenas podía distinguirlos. Entonces comprendí: los seres que se habían instalado en los contenedores se alimentan del vidrio.
Y no sólo de vidrio, sino de todo aquello que tengan cerca. Los árboles cercanos al contenedor se han secado, así como la fuente del parque, la hierba… incluso las piedras han adquirido un color mustio, sin vida, y eso que no tienen.
No comprendo porqué, pero soy el único que los ve. He alertado a todo el mundo, pero me toman por loco. Dicen que se me ha girado la cabeza, y la gente empieza a evitarme. No me entienden. Incluso Cirilo, el quiosquero, empieza a tenerme miedo por las cosas que digo.
Sin embargo, el que tiene miedo soy yo. Estoy aterrorizado.

Me han visto.



Y saben que les he visto.
Fotos: Llorenç Pubill.

dimecres, 28 de gener del 2009

ESTUPORES


Hace unos días leí una noticia (o me contaron, no me acuerdo) que me crea estupor. Y bastante rabia también, la verdad. Ah, no, ya recuerdo, me contaron: en TV3 hicieron un programa que hablaba de la vida actual en el campo o algo así, en concreto en el mundo rural en Catalunya. Mostraba algunos casos de cómo les va la vida en la sociedad actual. Uno de ellos no tenía desperdicio:
En un pueblo del interior, en la comarca del Ripollès (creo), el acalde pidió a un payés que colocara un esparadrapo en los cencerros de sus vacas para que dejaran de hacer ruido. El motivo era bien sencillo: el pueblo en cuestión había crecido urbanísticamente un montón (como tantos otros, por desgracia), y se había poblado principalmente por gente urbanita. Las nuevas construcciones habían ido ampliando el perímetro del núcleo urbano, hasta tocar las granjas situadas en las afueras. Según parece, a los nuevos vecinos el ruido de los cencerros les impedía dormir por las noches y se fueron a quejar al alcalde. Y éste, claro, se lo comunicó al payés en cuestión, que supongo que pondría también cara de estupor, cuando oyó el requerimiento.

Una de las escandalosas vacas.No tienen verguenza, estos rumiantes...
Esto me recordó que en la comarca de La Cerdanya (el paraíso pijo de las segundas residencias en Catalunya, junto con l’Empordà) algunos ayuntamientos han suprimido las campanadas horarias de las iglesias, porque también impide a esta nueva peña conciliar el sueño.
Pobre gente, que no duerme, dan una pena…
En mi pueblo, Arenys, más de diez mil habitantes, el campanario suena dos veces cada cuarto de hora. Por tanto, cuando es hora en punto, las campanas tocan ocho veces, a lo que hay que añadir las que señala la hora. Así, a las doce de la noche, las campanas suenan veinte veces. Veinte. Por la orografía peculiar del pueblo, situado a lo largo de una riera y entre montañas, todo el mundo las escucha claramente.
Y nadie se queja, que se sepa. Yo, al menos, duermo como un lirón careto. Ya pueden ir repicando, ya…
Este es el campanario pesao de Arenys de Mar.
Comprendo, hasta cierto punto, las posturas de los alcaldes, ya que todos estos nuevos habitantes pagan sus impuestos y de eso vive el ayuntamiento para montar sus chanchullos, pero una cosa es la ciudad y otra el campo. Si no quieren oír cencerros ni campanas, no haberse ido a vivir al campo. Si prefieren sirenas de ambulancia, de la Menemérita o el estruendo del camión de la basura, haberse quedado en la ciudad. Esta peña también se queja de la proximidad de las granjas, no sólo por el ruido sino por el olor que desprenden. No te jode, a ver si la mierda de vaca o los purines de cerdo van a oler a Lavanda Puig. Y sé de algún pueblo donde el alcalde ha ordenado a alguna instalación ganadera, después de más de cien años en el mismo lugar, trasladarse aún más lejos del núcleo urbano por este motivo, o por algún otro igual de imbécil.
Sobre todo este tema, lo más gracioso fue lo que me contó mi novio Manolo, el novio de María: en Banyoles se construyó una urbanización de casas pareadas al lado del lago del mismo nombre. Al cabo de un tiempo, los vecinos de este lugar hicieron una denuncia al ayuntamiento porque el croar nocturno de las ranas que habitan en el lago tampoco les dejaba dormir.
Desde luego… No sé qué hizo el alcalde de Banyoles, pero si yo lo fuera publicaría un edicto municipal prohibiendo a los batracios croar, so pena de ir todos al talego. Si es que todas las ranas son unas incívicas, hombre. ¡Que sequen el lago y hagan un campo de golf!

Gustava, la rana que más croa del lago de Banyoles.
No sé, pero creo que nos estamos volviendo todos una panda de gilipollas.




dimarts, 27 de gener del 2009

EL VUELO DE DUDAS



Dudas era un mar de dudas, por eso le llamaban así. En realidad se llamaba Lumidlo, en un arranque de originalidad de sus padres. La gente que lo conocía, por tanto, en cuanto pudo le puso otro nombre.
Dudas.
En cualquier situación que se encontrara era incapaz de decidir qué hacer o qué dejar de hacer. Pensaba y pensaba, sopesando pros, contras y cualquier cosa que le pareciera digna de obstaculizar sus posibles decisiones.
Hasta que creció, sus padres solucionaron la peculiaridad de su hijo, determinando la orientación de sus estudios, qué deporte debía hacer, qué amistades infantiles eran las más adecuadas, e incluso, cuando tuvo ya edad de merecer, le buscaron una novia formalita y de buena familia. Esto último no tuvo los efectos esperados, pues Dudas era tan indeciso y pusilánime que todas las chicas con las que intentó iniciar una relación estable le duraron dos días.
Tres, a lo sumo.
A los padres, el hecho de decidir por su hijo, aunque lo veían un poco extraño, en el fondo les parecía bien, por aquello de la posesión paternal, tan extendida allende los mares. También le buscaron un trabajo, el que les pareció mejor para sus cualidades, que por cierto no eran pocas. Sabía hasta liar dos cigarrillos a la vez, uno con cada mano, como Fernando VII.
Pasaron los años y los padres de Dudas fallecieron, casi al unísono. Esto hizo que tuviera que decidir por sí mismo, pues estaba más solo que un búho.
“Tengo que arriesgar, decidir, dirimir, determinar, lanzarme”, pensaba todo el tiempo, mirando el diccionario de sinónimos.
Este último verbo, por fin, hizo que tomara una determinación.
Decidió que quería volar.
Subió a la azotea, se encaramó al borde del edificio y… se tiró de cabeza.
Mientras caía, agitó los brazos con fuerza, y antes de colisionar contra la acera… remontó el vuelo.
Cosa increíble, en ningún momento Dudas dudó de que no volaría.
A los cinco minutos ya sabía volar sin batir los brazos, estilo Superman, y al cabo de media hora Von Richtofen, el célebre Barón Rojo, se hubiera suicidado de envidia viendo los loops y piruetas que realizaba Dudas mientra surcaba los cielos de aquí para allá.
Dudas era feliz. Más que nunca. Bueno, de hecho, nunca lo había sido, sumido toda su vida en la más total incertidumbre.
Empezó a tomar altura y a mezclarse con las nubes; éstas daban la sensación de grandes bolas de algodón, mezclándose aleatoriamente y creando formas caprichosas. Se introdujo entre ellas a toda velocidad y durante unos momentos voló a ciegas, cosa que le encantó.
Sobrepasó la capa de nubes, el sol le deslumbró y cerró los ojos.
Por esá razón no vio pasar un Boeing 707 que realizaba el vuelo regular Albacete-Ulan Bator.
No quedó nada del pobre Dudas.
Ni el piloto ni la tripulación, ni tampoco los pasajeros del avión se enteraron del terrible percance.
De Dudas sólo quedaron sus zapatos. Cayeron al vacío, pero antes de dar contra el suelo se enredaron en un cable de la luz.
Allí siguen aún.

divendres, 23 de gener del 2009

VICENTE


Estamos predestinados, mis compañeros y yo… Inmediatamente después de nacer, nos encierran en una celda diminuta y meten a veinte: ni uno más, ni uno menos. Me han comentado que actualmente existen también celdas dónde sólo colocan a quince de nosotros, pero el espacio también es menor, así que viene a ser lo mismo.
Una vez dentro, pegados los unos a los otros, nos mantienen así durante un tiempo indefinido, sin alimentarnos, ni darnos de beber ni nada de nada. Ni tan solo abren de vez en cuando para ver qué tal estamos.
Ni eso.
Sin embargo, ninguno de nosotros queremos que se abra la puerta. sabiendo que nos van a matar a todos. No quedará ni uno.
El procedimiento habitual que usan es la incineración. Incineración en vivo. Nos van sacando de uno en uno, a veces de dos en dos. En el mejor de los casos, antes de quemarte, te descuartizan un poco y te embadurnan con hierbas relajantes y eso provoca que, al menos, la muerte sea más llevadera.
Siento que pronto lo comprobaré. Soy el unico que queda en la celda.
Ya está. La puerta se abre: creo que me ha llegado la hora.
Aquí se acaba la vida de un Winston.

* Una vez oí o leí que Winston es Vicente en inglés. No sé si es cierto, pero me hace gracia que así sea.