dimarts, 27 de gener del 2009

EL VUELO DE DUDAS



Dudas era un mar de dudas, por eso le llamaban así. En realidad se llamaba Lumidlo, en un arranque de originalidad de sus padres. La gente que lo conocía, por tanto, en cuanto pudo le puso otro nombre.
Dudas.
En cualquier situación que se encontrara era incapaz de decidir qué hacer o qué dejar de hacer. Pensaba y pensaba, sopesando pros, contras y cualquier cosa que le pareciera digna de obstaculizar sus posibles decisiones.
Hasta que creció, sus padres solucionaron la peculiaridad de su hijo, determinando la orientación de sus estudios, qué deporte debía hacer, qué amistades infantiles eran las más adecuadas, e incluso, cuando tuvo ya edad de merecer, le buscaron una novia formalita y de buena familia. Esto último no tuvo los efectos esperados, pues Dudas era tan indeciso y pusilánime que todas las chicas con las que intentó iniciar una relación estable le duraron dos días.
Tres, a lo sumo.
A los padres, el hecho de decidir por su hijo, aunque lo veían un poco extraño, en el fondo les parecía bien, por aquello de la posesión paternal, tan extendida allende los mares. También le buscaron un trabajo, el que les pareció mejor para sus cualidades, que por cierto no eran pocas. Sabía hasta liar dos cigarrillos a la vez, uno con cada mano, como Fernando VII.
Pasaron los años y los padres de Dudas fallecieron, casi al unísono. Esto hizo que tuviera que decidir por sí mismo, pues estaba más solo que un búho.
“Tengo que arriesgar, decidir, dirimir, determinar, lanzarme”, pensaba todo el tiempo, mirando el diccionario de sinónimos.
Este último verbo, por fin, hizo que tomara una determinación.
Decidió que quería volar.
Subió a la azotea, se encaramó al borde del edificio y… se tiró de cabeza.
Mientras caía, agitó los brazos con fuerza, y antes de colisionar contra la acera… remontó el vuelo.
Cosa increíble, en ningún momento Dudas dudó de que no volaría.
A los cinco minutos ya sabía volar sin batir los brazos, estilo Superman, y al cabo de media hora Von Richtofen, el célebre Barón Rojo, se hubiera suicidado de envidia viendo los loops y piruetas que realizaba Dudas mientra surcaba los cielos de aquí para allá.
Dudas era feliz. Más que nunca. Bueno, de hecho, nunca lo había sido, sumido toda su vida en la más total incertidumbre.
Empezó a tomar altura y a mezclarse con las nubes; éstas daban la sensación de grandes bolas de algodón, mezclándose aleatoriamente y creando formas caprichosas. Se introdujo entre ellas a toda velocidad y durante unos momentos voló a ciegas, cosa que le encantó.
Sobrepasó la capa de nubes, el sol le deslumbró y cerró los ojos.
Por esá razón no vio pasar un Boeing 707 que realizaba el vuelo regular Albacete-Ulan Bator.
No quedó nada del pobre Dudas.
Ni el piloto ni la tripulación, ni tampoco los pasajeros del avión se enteraron del terrible percance.
De Dudas sólo quedaron sus zapatos. Cayeron al vacío, pero antes de dar contra el suelo se enredaron en un cable de la luz.
Allí siguen aún.

divendres, 23 de gener del 2009

VICENTE


Estamos predestinados, mis compañeros y yo… Inmediatamente después de nacer, nos encierran en una celda diminuta y meten a veinte: ni uno más, ni uno menos. Me han comentado que actualmente existen también celdas dónde sólo colocan a quince de nosotros, pero el espacio también es menor, así que viene a ser lo mismo.
Una vez dentro, pegados los unos a los otros, nos mantienen así durante un tiempo indefinido, sin alimentarnos, ni darnos de beber ni nada de nada. Ni tan solo abren de vez en cuando para ver qué tal estamos.
Ni eso.
Sin embargo, ninguno de nosotros queremos que se abra la puerta. sabiendo que nos van a matar a todos. No quedará ni uno.
El procedimiento habitual que usan es la incineración. Incineración en vivo. Nos van sacando de uno en uno, a veces de dos en dos. En el mejor de los casos, antes de quemarte, te descuartizan un poco y te embadurnan con hierbas relajantes y eso provoca que, al menos, la muerte sea más llevadera.
Siento que pronto lo comprobaré. Soy el unico que queda en la celda.
Ya está. La puerta se abre: creo que me ha llegado la hora.
Aquí se acaba la vida de un Winston.

* Una vez oí o leí que Winston es Vicente en inglés. No sé si es cierto, pero me hace gracia que así sea.

ESCATOILÓGICO

De repente cayó al pozo, oscuro como una noche sin alma, arrastrado por una tromba de agua pestilente que le caló hasta las entrañas. Sentía cómo la fuerza de la corriente le iba desplazando hacia abajo, cada vez a mayor velocidad. Le faltaba la respiración, notaba cómo iba ahogándose por momentos, sin poder hacer nada por evitarlo…
La situación era cada vez más crítica…
Súbitamente dejó de caer en picado y fue a parar en plancha a un río ocanal; el agua le iba cubriendo cada vez más su maltrecho cuerpo. La corriente descendía velozmente, tropezando con todo tipo de objetos: piedras, papeles, cartones, colegas en su misma situación, madera, algas, plásticos… Y ratas, sobretodo ratas, que parecían sentirse a sus anchas en aquel río tan asqueroso.
Iba hundiéndose cada vez más, las fuerzas empezaron a fallarle; notaba cómo se le iba la vida, y que ya no podía luchar más por conservarla. Dio un repaso fugaz a su también fugaz existencia y gritó, antes de morir:
- Realmente, esta vida es una mierda!
Y exhaló el último suspiro.

Así acabó la existencia de un furullo cualquiera.





Bella tapa de cloaca.

dimarts, 20 de gener del 2009

LA FAMILIA DE TREMEBUNDO II


Foto: Francisco de Goya y Lucientes.

Érase una vez que se era un reino que tenía por nombre Atrofia. Su joven rey, Tremebundo II, era una persona muy valerosa y honesta; además de proteger a sus súbditos de todo mal, o al menos eso era lo que decía, era muy alegre y divertido y siempre estaba de fiesta en fiesta y se lo pasaba pipa. El pueblo lo quería mucho, aunque de vez en cuando, debido a las malas cosechas, sequías y demás desgracias, pasaba un hambre del copón, mas pagaban de buen grado los impuestos y aranceles que debían apoquinar sí o sí, como estaba mandado.
Pero resultó que, oh divina providencia, que un mal día Tremebundo II sintióse triste; una sensación brutal de soledad le invadió, y no se le ocurrió otra cosa que (en vez de ponerse a jugar al billar, por ejemplo) buscarse una mujer, evidentemente, de alta alcurnia. Viajó incansablemente por los reinos vecinos con el dinero que recibía de sus vasallos, porque el rey jamás debía trabajar (no fuera que se herniara) y finalmente enamoróse de una princesa muy mona, hija del rey de Patilla, reino que lindaba con Atrofia. Este hecho mitigó un tanto sus ansias de farra y pendoneo, y al pueblo no le importó, sino que encima le pareció bien que su amado rey sentara la cabeza de una vez y tuviera descendencia real.
Pasaron pocas estaciones y la dicha llegó de nuevo a la casa noble, y la plebe recibió la noticia con unánime alborozo: la reina Inopía, que así se llamaba la flamante esposa de Tremebundo II, dió a luz a una preciosa niña, sin taras genéticas, a la que pusieron el nombre de Verbena, ya que nació riendo. Al cabo de otras pocas estaciones, sin aún haber digerido del todo la llegada de Verbena, llegó otra buena nueva: la ya entrañable Inopia se encontraba de nuevo en estado de buena esperanza (y eso que no llegó a conocer a Magallanes), para regocijo del rey y sus súbditos. Éstos dieron gracias al cielo por tan maravillosa noticia, aunque eso no les hiciera olvidar el hambre.
Sin embargo, Tremebundo II, entre fiesta y fiesta que se seguía pegando, se sentía apesadumbrado. Él deseaba un hijo, un varón, un heredero, aunque amara a sus dos retoñas que no veas. Finalmente, los astros escucharon sus plegarias al cabo de otras cuantas estaciones. Los cielos de Atrofia se abrieron para anunciar que la reina Inopía había parido un ninio. El pueblo, como siempre, celebró como nunca el evento, como si hubiera ganado la selección atrofiana el Mundial de torneos medievales.
Más y todo.
Pasaron los años y los hijos de Tremebundo II y Inopía, Verbena, Piscina y Típex, que así se llamaban, fueron creciendo. Lo hicieron tanto que llegó el tiempo de casarlos, como mandan los cánones. El pueblo, aunque cada vez vivía peor, seguía contribuyendo con fervor a la espléndida manutención de la familia real, cada vez más numerosa, pues les tenían a todos en mucha estima, a causa sobretodo del rey Tremebundo, que era un fiestero de cojones.
Y eso siempre vende, queda muy simpático.
Así, la princesa Verbena se casó en la ciudad de Barbilla, situada en el sur del reino, con el conde de Valechaval, e hicieron muy buena pareja durante el resto de sus días, ya que se parecían mucho. El pueblo oyó las proclamas, bandos y demás anunciando el evento con gran alegría. Pero, aún habiendo pagado la boda, no se le invitó.
Y el pueblo cada vez las pasaba más canutas.
(“Pues que coman galletas”, según dicen que dijo María Antonieta cuando le dijeron que sus súbditos no tenían ni pan para comer).
Al cabo de muy pocas estaciones le tocó el turno a Piscina, la seguna princesa del reino, que eligió la ciudad de Pilona, situada en el noreste del reino, para casarse con Cilindrín, el gran campeón de duelos a caballo con patín. Se casaron con todos los honores habituales y el pueblo agitó las banderitas y luego los príncipes, junto con sus miles de invitados, se fueron a comer bien comidos y el pueblo, que era el que pagaba la farra, tampoco fue invitado.
Piscina y Cilindrín también fueron muy felices, y comieron muchas más perdices que el populacho.
De hecho, se las comieron todas.
Fueron pasando las dichosas estaciones y Típex, el príncipe heredero, decidió casarse también, mira tú por dónde. El rey Tremebundo II y su esposa Inopía se alegraron muchísimo, a pesar de tener ya una edad, , pues era el único vástago que faltaba por maritar, y el más importante, además.
Pero el pueblo, al cual ya no le quedaban perdices, decidió que ya estaba harto. Harto de pasar hambre, harto de seguir pagando impuestos, pero sobretodo de pagar las fiestas al rey, a la familia y a sus amigos.
Y encima, sin ni tan siquiera invitarles.
Dicho y hecho. Se puso de acuerdo el pueblo, se organizó, asaltó el castillo de la Viruela, residencia real, y Tremebundo II, la reina Inopía y toda la tropa, Verbena, el conde de Valechaval, Piscina, Cilindrín y el príncipe Típex huyeron como almas que lleva el diablo y el monarca fue obligado a abdicar.
Y el pueblo, alborozado y regocijado, para celebrarlo, montaron un fiestón impresionante, se invitó a todo el mundo, menos a los reyes, a la familia y a sus amigos gorrones.
Y comieron, y comieron, y bebieron y bebieron, hasta hartarse.
Y se lo pagaron ellos, como debe ser.
Eso sí, perdices ya no habían.

dilluns, 19 de gener del 2009

3,30h d.C.


Foto: Llorenç Pubill.
Aquí,
sentado en horas intempestivas,
vengo de leer un rato
y me maravillo de la gente
que sabe contar
sus sentimientos,

su corazón,

en un trozo de papel
mientras escucha subir el ascensor
o al gato
maullar sin temor.

Mas,
el simple deseo

de escribir unas palabras

es suficiente
para que que el ruido del avión
te haga pensar en acabar de una vez,
porque

se te duerme la pierna.

Los puntos, los espacios,
no están en su lugar,
qué más da,
está bien encontrar
y verlo todo tal
como uno lo percibe,
como los percebes.
Sin nada más.

Pues no resulta nada fácil

Deshacerse de uno mismo

y encontrar el camino,
cuando hay luna llena.

Aquí, sentado
en la taza blanca

y la ducha sin funcionar.

divendres, 16 de gener del 2009

GENTE

Ayer llamé a la asistencia de la moto para que una grúa la llevara a mi pueblo. Me habían robado el macuto y, listo que soy, tenía allí los dos juegos de llaves, aparte de otras cosas varias. Y menos mal que me dio el punto, diez minutos antes, de ponerme la cartera en el abrigo: entonces sí que me hubiera cagado en todo. No por la pasta, que ya ves (además, la llevo en los bolsillos), sino por la rabia que da tener que ir a renovar deeneíses, carnetes de conducir, anular tarjetas y todos esos asuntos tan divertidos y que nos hacen tan felices.
El gruero tardó poco (cosa rara), el tiempo de una cerveza y unas páginas del periódico. Cargó la moto en un periquete y le acompañé a dejarla en el taller que hay debajo de casa. Se llamaba David, creo, y hablaba mucho. Y como el viaje era de cuarenta kilómetros, habló por los codos. Resulta que había vivido muchos años en mi pueblo, Arenys de Mar. Se fue de allí cuando la novia lo dejó (aún estaba resentido después de tanto tiempo, a juzgar por algún comentario misógino que soltó), y como era muy dicharachero conocía a todo el mundo. Me empezó a preguntar si sabía de éste, del otro, y yo le iba respondiendo que no, que no, que no, coño. De hecho, aunque tenga allí mi casa, soy de otro lugar y mis amigos y conocidos los sigo teniendo allí. Le dije que apenas conocía al del chiringuito de la playa, a su primo, a alguna vecina y poco más.
- En Arenys hay gente muy rara-, me contestó.
- Bueno, en todas partes cuecen habas.
Entonces se puso a hablar de algún raro.
- Cuando yo vivía allí había gente muy pasada de vueltas. Supongo que deben de quedar pocos, de estos, se habrán ido muriendo. Había uno, el Chuzos, que estaba como un cencerro. Se pegó un hostión con su moto y le quedó una pierna inútil, sin movilidad alguna. Cuando habló con la compañía de seguros, le dijeron que, en el estado que había quedado, recibiría una indemnización de unos dos millones de pesetas. Pero que, si le cortaban la pierna, entonces la cantidad subiría hasta ocho millones. Ni corto ni perezoso, dijo que se la serraran.
- ¡Venga ya, no me lo creo!-, le dije, incrédulo.
- ¡Que sí, te lo juro! ¡Y eso no es lo mejor: el tío se gastó los ocho millones en un mes!
Ya sé que no debía, pero me reí un rato, imaginándome la situación.
David siguió hablando sin parar, intentando infructuosamente que conociera a alguien del pueblo. Luego ya pasamos a temas más profundos, como la marihuana. Pero eso es otra historia…
Dejamos la moto frente al taller y me dejó amablemente cerca del trabajo.
Entonces se calló.
El Chuzos...“Si es que hay gente pa tó”. Ya sé que es un topicazo, pero me encanta esta frase.
Pues eso, que hay gente pa tó...

dimecres, 14 de gener del 2009

OVEJAS CONSUMISTAS



Bienvenidos al nuevo año y estas chorradas que se dicen cada vez que las medidas de algún período de tiempo llegan a su fin y entonces hay que volver a empezar y ya tenemos la excusa perfecta para montar fiestas y celebraciones y desearnos buenos sentimientos los unos a los otros. Qué bonito, verdad?
Desgraciadamente, como siempre pasa, el año no ha comenzado con buen pie. Ya tenemos otra guerra. Dicen algunos que se trata de una guerra preventiva, pero yo lo veo más bien como un exterminio preventivo.
Esto de la prevención, mejor dejarlo para los médicos, siempre que no sea el Dr. Mengele o similares.
Así que, ha empezado esta maravilloso 2009 y, como es preceptivo, llegan las rebajas, un indicativo veraz de hasta dónde puede llegar el consumismo dentro de nuestros cuerpos serranos.
He leído estos días dos noticias:
En los USA, en su primer día de rebajas, murió un empleado de unos grandes almacenes. Antes de abrir de buena mañana, ya había una cola de cojones en la puerta. La gente empezó a empujar, este buen hombre estaba detrás, en el interior, intentando calmar a la peña enloquecida, cedieron las bisagras y al tío lo aplastaron cual estampida de bisontes y allí se quedó, frito, debajo de la puerta y de las innumerables pezuñas del rebaño humano que se abalanzó hacia dentro de los almacenes.
Creo que no se detuvo a nadie, por esto. Creo que deberían haberlo hecho con todos los que entraron en tromba. Todos palante, al talego. Ya no tan sólo para acusarlos de homicidio involuntario, sino por imbéciles.
Qué imbéciles.



Y qué triste, morir así.
La otra:
Una mujer, compradora compulsiva, tenía toda su casa abarrotada de trastos, de todo tipo, que no necesitaba para nada. Sólo de bufandas, tenía más de trescientas. Todas las habitaciones y pasillos de su hogar estaban repletas de cajas de todos los tamaños, unas encima de otras. Casi no se podía circular por la casa. A la mujer, un día, le dio por remover cosas por algún rincón, y accidentalmente se le cayeron unas cuantas cajas encima que le impidieron moverse, no la dejaron respirar y murió asfixiada por el peso.
Fueron los vecinos, los que la encontraron.
Qué triste, morir de esa manera.
Más triste aún es que del consumismo y del borreguismo no se libra ni dios, y yo aún menos. Me he comprado unas botas preciosas en las rebajas, como todo cristo, y volviendo en avión, llegando a Barcelona con más de dos horas de retraso, el capitán del vuelo recuerda que no nos desabrochemos el cinturón ni nos levantemos del asiento hasta que el aparato se haya detenido completamente y las luces que así lo indican se enciendan. Pues bien, el avión no estaba del todo parado, se levanta un tío, coge la maleta del compartimento superior y todo el pasaje hizo lo mismo, y yo el primero. Entonces se oyó la voz del capitán, medio cabreado, diciendo que aún no se había dado la señal para levantarnos, me volví a sentar con cara de capullo y pensé:
- ¡Qué borregos que somos! ¡Bééééééééééé!
Pues eso.

(Editorial del Catipén del lunes, 12 de enero)