dimarts, 4 de novembre del 2008

LES NOIES DE TOST


Vista del valle de Tost, con el Cadí al fondo.

Las reuniones familiares, habitualmente, son un coñazo, al menos para mí (sé que a algunos, como a Javier Ortiz y a María, la novia de mi novio, no les gusta este término: lo correcto sería, según ellos, peñazo, o tostón, o similar, pero como me gusta llevar la contraria, pues eso, coñazo). Pero, de vez en cuando, suceden cosas que hacen que haya valido la pena asistir.
Por ejemplo, el viernes pasado fui a casa de mis padres a celebrar la castañada. Y mi padre me contó una historia.
A finales del siglo XIX, Tost (Alt Urgell, Lleida) era un pueblo ya en franca decadencia, no sólo económicamente, sino también en lo demográfico. Muy lejos, lejísimos, quedaban los años prósperos, los tiempos de Arnau Mir de Tost, allá por el siglo XI, al que a alguien se le ocurrió llamarle “El Cid catalán”, por sus hazañas bélicas (que manía tienen algunos, con esto de las
comparaciones).

Castillo de Mur, una de las muchas fortificaciones fronterizas
que Arnau Mir de Tost mandó erigir en su lucha contra los árabes
(ilustración cedida amabilísimamente por Llorenç Pubill).
Por aquel entonces, el gobierno del estado español tenía implantado el servicio militar obligatorio, y todo varón apto (pobre, porque el rico no iba: pagant, Sant Pere canta) debía acudir a la llamada de las armas, sí o si. A principios del siglo XIX la duración del servicio llegó a ser de ocho años, y se fue reduciendo hasta los tres, hacia el final del siglo (http://www.elmundo.es/papel/hemeroteca/1996/04/28/cronica/104956.html).
Esta medida era una verdadera sangría para las familias con menos recursos, evidentemente, pero en el valle de Tost aún lo era más, ya que la tierra era seca, poco fértil y con gran escasez de agua, lo que hacía que la economía local no pasara más allá de la purasubsistencia. Encima, el ejército les privaba de la principal mano de obra para trabajar los campos.
En esos tiempos, el secretario del pueblo de Tost se llamaba Ignasi Vilarrubla. Este buen hombre, propietario de unas cuantas tierras, veía como el nivel de vida de la población del valle, ya de por sí bajo, iba menguando a ojos vista: los campos se quedaban a medio labrar, y las familias a duras penas tenían para comer.

Aspecto de una de las constucciones que, como pueden,
aún resisten el paso del tiempo en el valle: La Barraca, en Cal Serradal.
Un buen día al secretario se le ocurrió una idea luminosa: como él mismo era el que escribía
y registraba a todos los niños que nacían en el municipio, que comprendía Torà, Castellar, Sauvanyà y La Bastida, además de Tost, decidió, a todos los recién nacidos varones, ponerles nombre de niña.
Así, de esta manera, al llegar a la edad de ser llamados a filas, el mando militar, simplemente, no reclamaba a nadie de por allí. Ignasi Vilarrubla, no obstante, no hacía esto únicamente para ayudar a sus vecinos: a cambio de esta medida, pedía a los padres del niño-niña que nacía que, cuando estuviera en edad de agarrar el azadón, trabajara gratis en sus tierras durante dos meses. Trato que aceptaban todos de buen grado.
Esta argucia del secretario funcionó durante muchos años: nacían niños, se les ponía nombres femeninos, al cumplir diez o doce años se ponían a trabajar durante dos meses a las órdenes del sr.Vilarrubla, no hacían el servicio militar, ya que nadie los reclamaba, y sanseacabó.
Pero, evidentemente, un buen día alguien se fijó en este pequeño detalle. ¿Cómo era posible
que en Tost sólo nacieran niñas? Así que las autoridades pertinentes resolvieron enviar un representante al valle, a ver qué diantres ocurría.
Y, claro, finalmente se descubrió el pastel. El revuelo que se montó fue considerable.

A Ignasi Vilarrubla lo denunciaron, pero, a una semana de la celebración del juicio, el pobre falleció de repente. A las niñas que en realidad eran niños, y muchos no tan niños, se les obligó a hacer el servicio militar en La Seu, en cuanto les tocara. A los que ya habían sobrepasado la edad de ir, también se les obligó. Y, cuando los quintos normales veían a esa gente tan mayor, en comparación con ellos, vestidos de uniforme y recibir instrucción como a cualquier recluta,
y preguntaban quienes eran, las gentes del lugar respondían:
-Són les noies de Tost.
Toda esta historia se lo contó a mi padre el padrí, mi bisabuelo Ignasi, al que yo llegué a conocer (murió con noventa y tres años). También le explicó que, cuando enterraron al secretario, acontecimiento que reunió a buena parte de la comarca, lo que había en el féretro no era el Sr. Vilarrubla, sino un tronco de roble.
Por cierto, el padrí, mi bisabuelo Ignasi, también trabajó durante dos meses en las tierras del Sr.Vilarrubla.
Y, cuando nació, le pusieron Ignacia.

dijous, 30 d’octubre del 2008

LA OSA HVALA



Hace muchos muchos años un oso mordió a un cazador en la Val d’Aran. Hacía poco que este animal se había reintroducido en el Pirineu con ejemplares traídos de Eslovenia; este programa, avalado por el gobierno francés, la Unión Europea y la Generalitat, era motivo de fuerte controversia en el valle y en el resto de la cordillera. Por un lado estaban los ecologistas y la opinión pública en general, que estaban a favor de la medida, y en el bando contrario se alineaba la mayoría de la población que vivía en la zona donde habitaba el oso, por los daños materiales, económicos y personales que pudiera ocasionar.
Dicho incidente provocó que el gobierno de la Val d’Aran, desoyendo órdenes superiores, organizara batidas para atrapar al animal y trasladarlo a espacios protegidos, lejos del mundanal ruido y de la actividad del hombre. Un zoo encubierto, vaya.
Debido a la orografía pirenaica, localizar a la osa en cuestión (era una osa, de nombre Hvala) era arduo y complicado, a pesar de contar con los más sistemas de búsqueda más modernos.
Un buen día, semanas después del mordisco en cuestión, un miembro de una de las cuadrillas, Bertomeu Llach, de profesión panadero en Montaut, se topó con la osa Hvala en un claro del bosque, cerca de Canejan. Asustadísimo, se quedó quieto como una estatua, mientras, muy despacio, colocaba en posición el rifle, cargado con dardos narcóticos para abatir al plantígrado. Hvala, por su parte, no se apercibió de la presencia de Bartomeu debido al viento en contra (los osos tienen un olfato finísimo), y siguió a lo suyo hasta que un golpe de aire le acercó el olor humano del panadero.
Éste ya tenía el rifle a punto de disparar. Hvala se giró hacia Bertomeu, que estaba paralizado por el terror e incapaz de mover un dedo, ni tan solo apretar el gatillo.
De golpe, la osa se levantó sobre sus dos patas traseras (con las delanteras hubiera tenido más gracia), miró al cielo, cerró los ojos y…
Y se puso a cantar:
“Perquè ningú no em contarà els seus somnis
perquè és tot urgent i res no s'acaba
perquè el que em pugues dir ja ho duu el diari
perquè ja ens veurem, que no tinc temps ara

M'invente sol un amic per parlar
per recordar records, velles històries
per retrobar el que a ciutat es perd
entre els neons, el tràfec i les boires

Passege avui fent esforç de memòria
sobre l'asfalt impassible i negrós:
la voluntat d'arrels, molt més present
que la nostàlgia d'origen fosc

El verd suau dels pins llepats de pluja
la justa llum que em fa palpar les hores
la veu del vent, oh música oblidada
el gust salat de la vida i la mar

Perquè ningú no em contarà els seus somnis
perquè és tot urgent i res no s'acaba
perquè el que em pugues dir ja ho duu el diari
perquè ja ens veurem, que no tinc temps ara


M'invente sol un amic per parlar
per recordar records, velles històries
per retrobar el que a ciutat es perd
entre els neons, el tràfec i les boires


Jo sé que algú em pot dir que no m'adapte
que em costa molt de perdre el dialecte
que no m'esforce gens a assimilar-me
que no vull oblidar que sóc de poble


Que vaig idealitzant la meua infància
que passa a molta gent a la trentena
que tot això no té cap importància
que el món és fet de gent de tota mena

Perquè ningú no em contarà els seus somnis
passege avui fent esforç de memòria:
el verd suau dels pins llepats de pluja
m'invente sol un amic per parlaaaaaaaaaaaaaaaaar”


Cuando acabó, volvió a ponerse a cuatro patas y continuó con sus quehaceres anteriores, haciendo caso omiso de la presencia de Bertomeu Llach.
Si ya fue mayúscula la sorpresa de encontrarse frente a Hvala, aquello ya fue la repera. ¡Una osa cantante!¡Y encima cantaba de maravilla¡ A Raimon (el autor de la canción) hubiera llorado de la emoción. Sus ojos y oídos no daban crédito a lo sucedido. Bajó el rifle, se lo colocó a la espalda y bajó corriendo al valle a dar la buena nueva.
- ¿Pero tú que vas borracho o qué?
- ¿Has comido setas?
- Bertomeu, ¿no deberías ir al médico?
Frases como éstas y mucho peores tuvo que escuchar Bertomeu en Montaut. A pesar de ello, él insistió e insistió ante todo el mundo de que aquello que contaba era absolutamente cierto, per ma mare que en el cel sia. La noticia llegó a oídos del Síndic d’Aran, que lo llamó a su hermoso despacho. Tanto fue la tenacidad de Bertomeu con su relato, que el mandamás aranés decidió acompañarlo él mismo hasta el lugar donde se había topado con Hvala.
Por increíble que parezca, la osa seguía allí, tan campante. Al verlos, realizó la misma maniobra: se alzó y se puso a cantar, sólo que esta vez se arrancó con “Summertime”, de Georges Gershwin.
El Síndic rompió a llorar de la emoción. Jamás había oído cantar a nadie así, y menos a un oso. Cuando Hvala acabó su cante, los dos hombres se retiraron, intentando no perturbar a aquel animal tan peculiar.
En cuanto llegó a Vielha, convocó al gobierno con carácter de urgencia y, después de unas cuantas comilonas y demás decidieron suspender la búsqueda y captura de cualquier oso que se encontrara en la Val d’Aran, y crearon disposiciones urgentes para proteger a los plantígrados, promoviendo este hecho diferencial como reclamo turístico.
Y así fue como el oso, en este hermoso valle pirenaico, nunca más fue motivo de polémica, y vivió tranquilo y en su hábitat natural, sin apenas injerencias humanas.
Hvala, por su parte, continuó con su vida normal, cantando cuando le apetecía, tuvo hijos, a los que les inculcó el arte del canto (nada de óperas, que daña los abetos), y sus descendientes continuaron con la tradición.
La Val d’Aran se convirtió, gracias al oso y al turismo, en una próspera y rica comarca, envidia de los vecinos
Actualmente, si uno pasea por el bosque aranés, es frecuente escuchar a lo lejos, o no tan lejos, la melodía de, por ejemplo, “Soon forget”, de Pearl Jam.

Que ser un plantígrado no está reñido con el buen gusto.




Vielha, 32 de marzo de 2069.

dimecres, 29 d’octubre del 2008

ASUN Y EL CAMBIO DE HORARIO


El lunes, Asun apareció vestida impoluta con su prístina bata blanca, perdón, encajada en ella (seguro que tiene un calzador de batas, si no ya no entiendo nada), con sus labios mal pintados de rojo carmín, su habitual peinado del día de la tortilla aderezado con las pinzas que se acostumbra a olvidar en el pelo y sus prehistóricas zapatillas del 39, también blancas, con agujeritos.
- ¡Hola bona tardaaaaaaaaaaaaaaaaa!-, dijo, en un alarde de originalidad.
Yo sonreí y respondí:
- Coño, Asun, qué haces por aquí? Si aún no son las dos…
El reloj marcaba la una.
- Uy, si que es pronto, si…
Teresa, una de las compañeras de trabajo, le espetó:
- No sabes que este sábado se ha cambiado la hora?
Asun puso una de sus caras de circunstancias, como haciéndose la tonta, y mirando al suelo dijo:
- Ah, ah… Pues no sé, no me he enterado, no he visto la tele este fin de semana.
Eso era mentira.
- Pues encima he cogido un taxi, que llegaba tarde…
Escondimos nuestras caras tras el fichero, para no molestar. Asun es muy tacaña, pero susceptible aún lo es más. Mucho más. Como los corsos (según Astérix), pero a lo grande.

Después de procesar la situación, a Asun le cambió la cara y se sentó en un rincón, al lado de la ventana y, según me contaron al día siguiente, no se movió de allí en toda la tarde.

(Me tapo la boca, que me parto y no queda bien).

dimarts, 28 d’octubre del 2008

LA URRACA Y EL ARCO IRIS



El otro día salió el sol.
Ya sé que no eso no es nada reseñable, de hecho sale todos los días (sería curioso, como mínimo, que un día no amaneciera, verdad?). Pero es que estaba lloviendo también, algo que, aunque no tan habitual como la salida diaria del sol, también es un hecho frecuente (aunque cada vez menos).
Pues bien, después de llover toda la noche (y de despertarme por una maldita gotera que apareció en la habitación), me lavé y acicalé con esmero, cosa rara en mí, y salí de casa.
Llovía a mares, a océanos, a ríos, a cataratas, a lagos, pero no me importaba, me gusta la lluvia. Me dirigí al coche, calándome hasta los huesos. Tras quince minutos de viaje aparqué en el descampado donde suelo hacerlo todos los días, a unos cientos de pasos del trabajo. Supongo que serán unos cientos, vaya, tampoco los he contado nunca.
Al bajar del coche, seguía lloviendo, pero con menos virulencia. En ese momento apareció también el sol, luciendo en todo su esplendor. Me quedé observando el espectáculo unos momentos, me daba igual si llegaba tarde, entre otras cosas porque casi siempre lo hacía. La lluvia resbalaba en mi cara, brindándome una sensación de frescura y pureza.
Así que me alegré el alma, hala.
Ya me iba a ir hacia mi lugar de trabajo cuando apareció un arco iris, así de sopetón. Me quedé extasiado observándolo, hacía muchísimo tiempo que no veía ninguno y se me quedaron los ojos clavados en él, pensando en el camino parabólico que surcaba hacia el cielo, y que luego descendía. Me preguntaba qué vista tan maravillosa se divisaría desde las alturas, y a qué lugar nos llevaría el final del arco iris.
Mientras pasaban por mi mente estos pensamientos y continuaba mojándome sin apenas apercibirme de ello, oí una voz a mis espaldas:
-Ahora verás cómo sale otro arco iris.
Me giré, y no vi a nadie. Qué extraño, pensé, hubiera jurado oir una voz
-Eh, que estoy aquí abajo, a tus pies, y vigila con pisarme.
Miré hacia el suelo y lo que vi me dejó parado... Me estaba hablando una urraca (Pica pica)!! La veía cada mañana al aparcar en el solar, a ella y a su compañera, me encantaba observarlas, tan curiosas, de un lado a otro, brincando de rama en rama, buscando no se sabe qué. Pero aquello me dejó casi sin poder articular palabra.
-Pero... Tú... Tú hablas?
-No, ha sido la colilla ésta que está aquí en el suelo, no te digo… ¿A ti qué te parece? ¿Ves a alguien más?
Miré a mi alrededor y, efectivamente, tan sólo estábamos ella y yo.
-¿Y tu compañera? He observado que siempre váis juntas en todas partes.
La urraca abrió el pico y dijo:
-Si, es cierto, nos queremos mucho y no nos separamos jamás, pero es que mi urraco (es un macho, que lo sepas) ha tenido que ir al ayuntamiento para empadronarnos.
-No me digas!! Las urracas también tienen que hacer papeleo?
-Buff!! Si tú supieras... Con esta tendencia de quererlo regular todo, al final no podremos ni volar libremente. La semana pasada vinieron los municipales a nuestro nido, y entre otras cosas, nos dijeron que teníamos quince días para empadronarnos, so pena de tener que abandonar nuestro querido hogar.
-Jo, pues si que está mal el patio...
-Mira si está fatal el tema que nos han obligado a llevar encima una bolsita de plástico para recoger nuestros excrementos, imagina la dificultad cuando estás en el aire, cagas y al momento tienes que hacer un vuelo en picado para recogerlo y meterlo en la bolsa, todo eso en pleno vuelo... Hemos tenido que hacer un curso de vuelo en picado con un halcón peregrino para poder hacerlo bien y llegar a tiempo antes de estamparte contra el suelo. Y encima, claro, tienes que hacerlo a más altura para tener tiempo de hacer la recogida, con el consiguiente peligro de pillar un resfriado, ya que arriba hace más frío. Claro que eso tú no tienes por qué saberlo, no vuelas...
-Qué, tienes ganas de hablar, eh?
-Pues sí, pasa algo?
-No, no, ni mucho menos, me encanta oír hablar a una urraca, no sucede todos los días... Y por cierto, qué me decías al principio?
La urraca miró al arco iris y me respondió:
-Que ahora va a salir otro.
-Otro arco iris?
-Si.
-No me lo creo.
-Ah, no? Tú espera y verás. Por cierto, no tienes un cigarro, mientras?
Lo que me faltaba por oír, una urraca que fuma.
-Te va bien un Fortuna?
-Yo me lo fumo todo, que lo sepas.
Saqué el paquete, se lo encendí (encima), y se lo coloqué en el pico.
Aspiró una calada larguísima y exclamó:
-¡Mira, ya sale, ya sale!


Efectivamente, otro arco iris se alzó esplendoroso detrás del primero, creando una atmósfera mágica que me embriagó por completo.
Me quedé con la boca abierta y los ojos como platos, sin decir nada.
-Qué, es bonito, verdad?-, dijo la urraca.
Asentí con la cabeza, sin mirarla.
-No te gustaría subirte al arco iris y contemplar el paisaje desde ahí arriba?
Ahora sí que me giré, hacia abajo. Enarqué las cejas y le contesté, socarrón:
-Si, y qué más?
La urraca pegó unos saltitos delante de mi y se alejó, diciéndome:
-Va, cállate ya y sígueme.
Y, sin saber cómo, la seguí, elevándome por encima de los edificios, y me perdí entre los colores de los arco iris.

CAROLINA SUBE LA COLINA



Siguiendo el sentido del agua
Carolina sube la colina
Se desprende de sí misma
Despacio, con prisa
Sin pausa
Dejando a su paso
Un reguero de tristeza
Que amortigua su sonrisa
Limpia, fresca, radiante
henchida de dolor

Carolina sube la colina
Emulando a Alfonsina
Perdiéndose
Por peligrosos senderos
Simas y cavernas
De destino incierto

Carolina sube la colina…
Sin saber
Si algún día
Descenderá
(A.l.m.g.)


dilluns, 27 d’octubre del 2008

EL BAÚL Y EL HACHA



Mi bisabuela Consuelo era de armas tomar, según me han contado. Murió cuando yo tenía cinco años, pero me acuerdo de ella, aunque de su mala leche no. Con ella por en medio sólo tengo dos imágenes, pero claras: los sábados venía a visitarnos a Premià de Dalt, donde vivíamos, desde Barcelona. Tomaba el autobús y Eva, Raquel (dos hermanas nacidas) y yo la esperábamos al final de la calle. Cuando doblaba la esquina íbamos corriendo a recibirla, y siempre nos traía algún regalito. La otra imagen es de un día que fuimos a visitarla a la residencia donde vivía, y yo, jugando, me rasqué la mano en una pared estucada, rugosa y se me quedó en carne viva.
A principios del siglo XX, mi bisabuelo encontró trabajo en Málaga. Era un reputado albañil, y le deberían ofrecer un buen sueldo, pues se trasladó allí con Consuelo. (Lo que no recuerdo es dónde dejaron a mi abuela, la nueva, pues se supone que ya habría nacido. Pero eso no viene al caso, ahora). Alquilaron un piso y se instalaron. El uno trabajaba en la obra, y la otra, de comadrona.
Con el tiempo, Josep, mi bisabuelo, acabó la obra y se quedó sin trabajo.
Era un poco balilla el tío, y Consuelo lo sabía, supongo. No se ufanaba demasiado en encontrar un nuevo empleo, y solía quedarse en casa, tumbado por ahí.
En esas que había una vecina del mismo edificio a la que le hacía gracia, mi bisabuelo. Dicha mujer era viuda, con siete hijos, y le tiraba los tejos, como si no tuviera otra cosa que hacer.
No sé si hubo algo entre ellos, pero Consuelo sospechaba. Sospechaba mucho.
Así que un día, por la mañana, se fue a trabajar. Le dio un beso a Josep (o no), abrió la puerta, pero no se fue: aprovechó que mi bisabuelo estaba en el cuarto de baño y se escondió en un baúl que había en la habitación.
Allí se acomodó, con un hacha como compañera.

La compañera de Consuelo: durante su encierro voluntario se hicieron amigas, y le puso Jacinta, en recuerdo de una cabra que tuvo de niña.
Un baúl, un hacha y la Consuelo, presta a saltar al más mínimo indicio de cuernos.
Josep se tumbó en la cama, fumando, y en eso llegó la vecina de las narices.
Bueno, de la nariz, porque sólo tenía una, creo.
En esa época las puertas no se solían cerrar con llave, así que él ni se movió de la cama. Entró la mujer, y empezó a hablar: le decía que dejara a su mujer, que era una mala pécora, que ella le cuidaría como nadie, que si esto, que si lo otro… Josep, sin inmutarse, iba fumando y dando largas a la vecina, hasta que ésta se hartó de comerle la cabeza (sin doble lectura) y se marchó.
Al cabo de un rato, mi bisabuelo se hartó también de estar tumbado sin hacer nada, se vistió y salió a la calle a dar un paseo, o vete tú a saber.
Cuando la casa quedó vacía, Consuelo salió del baúl, lo dejó todo tal cual estaba, escondió el hacha en otro lugar, cerró la puerta y se fue a trabajar.
Sobre lo sucedido, no dijo ni una palabra a Josep.
Al cabo de unos días, Consuelo volvía a casa, después de una jornada de duro trabajo. Al doblar una esquina, se encontró cara a cara con la vecina. Sin mediar palabra, le soltó un sopapo directo a su única nariz, desplomándose en el suelo al momento. Y siguió arreándole, patadas, puñetazos, arañazos y todo lo que pudo, hasta que se hartó.
Y se fue, relajadísima, a casa, dejando allí tirada a la vecina.
Evidentemente, ésta fue rauda al juzgado de guardia y puso una denuncia por agresión a Consuelo.
Al cabo de un tiempo, se celebró la vista.
En el barrio el suceso tuvo mucha repercusión, y ya se sabe, de la chafardería popular: la sala estaba a rebosar de curiosos ávidos de sangre y vísceras.
Empezó el espectáculo. Consuelo fue llamada a declarar y reconoció los hechos sin ambages. Cuando le llegó el turno de subir al estrado a la vecina, ésta empezó a escupir improperios contra mi bisabuela, proclamando a viva voz que era una mala mujer, que hace tiempo que le tenía ganas, que no cuidaba a su marido, que… En fin, todo lo que se le ocurrió y más, hasta que, en un momento de la perorata, le interrumpió el juez:
- Perdone, señora, una pregunta…
- Dígame usted, su señoría.
El juez la miró fijamente:
- ¿Usted cuántos hijos tiene?
- Siete, su señoría.
- ¿Es usted viuda, no es cierto?
- Pues si, mi pobre marido murió ya hace años y…
- ¿Y no tiene bastante trabajo con sus hijos como para ir tocando las narices al vecino?
La vecina se quedó de piedra.
- Verá, es que…
- ¡Ni es que ni leches!- gritó el juez, levantándose de su silla- ¡Debería darle vergüenza! ¡Hala, caso cerrado¡ ¡Desalojen la sala! Qué manera de hacerme perder el tiempo...
Y así se dio por concluido el juicio, para desesperación de la vecina, regocijo de mi bisabuela y desencanto del público asistente.
Mi bisabuelo, creo que ni se enteró. Y de lo del baúl y el hacha, aún menos.
Al cabo de un tiempo, Consuelo y Josep volvieron a Barcelona.
Me pregunto si ella se llevaría consigo a Jacinta, por si acaso...

dijous, 23 d’octubre del 2008