dimecres, 19 de novembre del 2008

ASUN ALTERNA


Llega Asun vestida con un vestido estampado de suntuosas flores de colores. Horroroso, para qué nos vamos a engañar. Además, casi no le cabe: al paso que va, un día de estos tendrá que renovar vestuario, y eso será un drama de narices. Por dos razones, principalmente: por su bolsillo tacañero, y por la catarsis que supondría para ella cambiar algún aspecto de su trepidante y aventurera vida.
Dicho vestido perteneció a su madre, fallecida hace quince años, como poco. Siempre dice, al respecto: es de ropa buena, se lo hizo ella misma, porque cosía muy bien mi madre, mi pobre madre… Y entonces se le suelen escapar unas lagrimillas que le corren el rimmel mal pintado que se coloca deprisa y corriendo, antes de ir a trabajar.
Baja al vestuario, se coloca a duras penas la bata, sube, bona tardaaaaaaaaaaa, baja la altura de la silla y se apoltrona.
Sólo le asoma el cabezón, desde el mostrador.
Como buen animal de costumbres, Asun siempre dice bona tardaaaaaaaaa cuando llega, tenga buen o mal día.
Y hoy tiene un mal día, la Asun.
Cuando más se le nota es cuando vienen clientes (yo los llamo así) conocidos al mostrador. Es curiosa su manera de actuar ante las amistades.
Llega una vecina suya.
- Déme hora para el doctor Salvador.
Se quita la mano del moflete (para que no se le caiga la cabeza, que se duerme), levanta la vista y dice:
- Déme la tarjeta.
Mientras se concentra en el ordenador, la vecina le reconoce.
- Yo a usted la conozco. No vive usted en Baldomero Solà?
Se hace la tonta.
- Ah, no sé, si, no…
- Si, mujer, al lado del Bar Busquets, no? Yo vivo en los pisos de enfrente, los del Condis. Cómo está su hermana? Me supo mal lo de su padre…
Asun no contesta. La mujer, intentando entablar conversación, insiste, y la otra mirando el ordenador, sumida en la pantalla. Al final, levanta la cabeza y responde:
- Perdone, señora, pero no ve que estoy trabajando? No puedo hacer dos cosas a la vez, hablar con usted y trabajar.
La vecina se lleva un chasco del copón y se calla. Le da la hora y se va sin decir nada, abochornada.
Luego viene otra, a la que se ve que le cae un poco mejor.
- Hola, Asun, bona tarda.
- Ah, hola, qué tal, cóm estás? Cómo tú por aquí?
- Pues mira, hija, es que me tienen que operar de cataratas, que ya no veo un pijo. Normal, con la edad que tengo…
A la Asun esto la anima.
- De cataratas? Pues vigila, eh? A mi tía Rufa, que ya murió, pobre, la operaron de lo mismo y se quedó ciega! Y me sé de otras a las que les pasó lo mismo! Yo de ti me lo pensaría bien, antes de hacerlo.
La vecina se queda hecha polvo, y ya no dice nada más. Le dan su hora y se marcha.
- Bueno, adiós! Y piénsatelo bien, eh? Que te quedarás ciega!!-, dice la Asun.
- Si, si…
Se acaba la cola, vuelve a colocarse la mano en el moflete y dormita de nuevo, esperando a que llegue la hora de la merienda.

dimarts, 18 de novembre del 2008

EL PERAPEUTA EN EL PAÍS DE GALETS


Transcribo, para de vez en cuando no tener que pensar sobre qué
escribo (que me canso), un fragmento del artículo de ayer de Mr.
Màrius Serra, el jugador de las palabras.
La cosa pasó en Swansea, Gales:

“Según la ley galesa, los rótulos públicos deben estar en las dos lenguas del País de Gales (llamado Cymru en galés y Wales en inglés). Por eso, un funcionario monolingüe envió un texto en inglés a un traductor para que le retornara la versión galesa: No entry for heavy goods vehicles. Residential site Only. Es decir, la clásica prohibición que impide a los vehículos pesados entrar en las zonas residenciales. El traductor no estaba disponible, pero aún así el funcionario recibió una respuesta en galés: Nid wyf yn y swyddfa ar hyn o bryd. Anfonwch unrhyv waith i’w gyfieithu. Ni corto ni perezoso, colocó ambos textos en la enorme placa metálica del rótulo. Arriba el texto en inglés, una flecha separadora, y abajo el galés. A partir de ese momento, los conductores que llegaban ante la señal de Swansea leen en inglés Prohibida la entrada a los vehículos pesados. Zona residencial y, debajo, en galés, algo más personal: En estos momentos no estoy en la oficina. Por favor, envía el texto que deseas traducir “.

Luego se lía con disquisiciones sobre la desidia (y algo más) funcionarial a conocer ambas lenguas, poniendo como ejemplo algunos casos más cercanos a nosotros, pero eso ahora no viene a colación (siempre que no quieras un té, claro).
Acaba Màrius Serra su artículo así:

“Para el funcionario, es una pérdida de tiempo obligada por la tozudez de sus compatriotas galeses en hablar su enrevesada lengua. Otra actitud es posible. Hace años comía en el Guinardó, cerca de la oficina donde hacía los crucigramas. Era un cuchitril regentado por andaluces que cocinaban muy bien y su plato estrella de invierno era la sopa de galés".

(Galets, en catalán, es un tipo de pasta con forma de caracol que se usa sobretodo para la escudella, un plato invernal, habitual en Navidad).

Es curioso, el idioma de Cymru. Hace años estuve de paseo por las colinas (¿o eran montañas?) galesas y habían nombres de pueblos como éstos: Cwmcych, Mwnt, Pernthyndeudraeth o Llanfairpwllgwyngyll. Cómo narices se pronuncian? Llegué a ver un letrero con un nombre larguísimo (aunque no tanto como el de la foto), sin una sola vocal.
Palabras… Últimamente, por donde me muevo (sinuosamente, como los meandros) he escuchado más de una vez la palabra perapeuta. Intrigado, he investigado concienzudamente y, al no haber encontrado nada, he llegado a esta conclusión, ya que a las personas a las que he oído decir tal vocablo son mujeres:
- Un perapeuta es un psicólogo que se dedica a realizar terapias para que las tetas de una mujer, ya que tienen que convivir obligatoriamente durante toda la vida, al menos se lleven bien entre ellas.


Se aceptan otras definiciones.

dilluns, 17 de novembre del 2008

DÉPARDIEU


El sábado por la noche soñé. Me encontraba en el interior de una gran mansión de techos que tocaban el cielo, paredes blancas, iluminación gris de candelabro (como en “Barry Lyndon”, de Kubrick) y pasillos interminables. Andaba por allí con no sé quién y de pronto sonó un disparo que provenía de la habitación que estaba al fondo.
- ¡Mi hermano!-, grité.
Corrí hacia la puerta con el corazón en un puño, y la abrí.
Se encontraba de pie, mirando desde lejos la ventana, desde donde asomaba una tenue luz. Al oírnos entrar, mi hermano giró la cabeza hacia nosotros, caminó unos pasos, volvió a mirar hacia la ventana y se desplomó.
Mientras el pobre caía a peso, vi la parte de atrás de su cabeza ensangrentada, con un orificio de bala. Se había pegado un tiro en el cogote.
Mi hermano era Dépardieu. Gérard Dépardieu.

Pues no lo sabía, la verdad... Físicamente, nadie lo diría.

divendres, 14 de novembre del 2008

COUCHÉ III (cap. XI)




Me reí ostentosamente.
- ¿Cura? ¿Se hizo cura? ¡Venga ya, señor Couché! Ciertamente, al final va usted a conseguir que no me crea de la misa ni la centésima parte.
Couché me respondió, sonriente:
- Imaginaba que me dirías esto. Anda, acabémonos las copas y vamos a mi casa, que te quiero enseñar algunas cosas. Pagabas tú, verdad?
- Yo no, Le Monde Sportif. La casa es grande.
Me dirigí a la barra mientras mi entrevistado salía a la calle.
- Te espero fuera, que si me acerco a ése le meto.
Al llegar a su casa, se sirvió otra copa.
-¿Quieres una?
- No, gracias, ya voy lo suficientemente puesto. No se moleste por lo que le voy a decir, pero… ¿No bebe usted demasiado? Desde que he llegado no ha parado de darle al “alpiste” (alpiste, en francés).
Couché no me miró mientras me contestaba.
- Todo tiene relación en esta vida, hijo mío… El atletismo, Zatopek, el cura, François, René, la guerra… Y también el alcohol -, dijo, mientras volvía a empinar el codo;- ¿seguro que no quieres?.
- No debería beber más, pero… Venga, va, la penúltima.
Entonce miré hacia arriba.
- Quién era negro, René o François?
André me miró, divertido.
- Jajaja, no, hombre, no. Es culpa del capullo que hace el blog, que ha colgado la primera foto que le ha dado la gana.
Me indicó que le siguiera.
- Ven, te enseñaré unas fotos y, entre otras cosas, verás como no era negro.
(Continuará)

dimecres, 12 de novembre del 2008

HINDENBURG



Un buen día
Descubrí que
Mi novia
Soltaba lastre
Todo quedó
Hecho un desastre

Jacinto Pérez Furriel, poeta boliviano (1915-1987).

dimarts, 11 de novembre del 2008

COUCHÉ III (cap.X)

Henri tardó lo suyo, para chinchar a Couché, pero fue lo bastante listo para traer los coñacs justo antes de que éste le montara un cirio, pues ya se estaba poniendo bastante nervioso.
- Ya era hora, cojones!
- Imbécil…-, se oyó murmurar a Henri, mientras se alejaba.
Couché cogió la copa y la miró al trasluz.
- Le he oído, pero no me apetece romperle la cara, ahora-, cuchicheó.
- Si que tiene usted mala leche, Couché…
- Uy, si ahora estoy calmadísimo, ya se sabe, con la edad… Antes me peleaba hasta con las piedras.
- Pues menos mal que yo le caigo bien, si no…
Me lanzó una mirada asesina que me dejó petrificado:
- ¿Y quién ha dicho que me caes bien?
Me invadió una sensación de ridículo y bochorno que no supe disimular.
- Perdone… perdone, señor Couché, yo creía que…después de todo el día charlando… los dos...- balbucéé, colorado como un tomate maduro.
André cambió su cara de golpe, soltó una risotada que resonó en todo el bar y me dio una fuerte palmada en la espalda que casi me hizo verter el coñac.
- ¡Era broma, hombre!¡Pardillo, que eres un pardillo!
Aquello ya no me hizo tanta gracia. El tipo este se estaba tomando demasiadas confianzas conmigo. Después de todo, nos habíamos conocido hacía unas pocas horas. Me acabé de un trago el Armagnac. Couché se debería dar cuenta por la cara que puse, porque me dijo:
- Venga, no te enfades, Laurent. Ya sé que tengo golpes de humor un tanto rebuscados, pero no lo hago con mala intención. Te he cogido aprecio, que lo sepas; en caso contrario, no estaríamos ahora aquí, sentados tan ricamente.
Miré la hora.
- Bueno, seguimos o no? Me va a contar qué le ocurrió a François?
- ¡Henri, dos coñacs más!- gritó Couché, dirigiéndose a la barra.
Al paso que voy seré incapaz de levantarme de la silla, pensé.
- Pues, como te dije hace un rato (y si no lo digo ahora): François era lo más ateo que he visto en mi vida. No creía en Dios ni en la Virgen ni en la Iglesia, sobretodo en la Iglesia. Veía una sotana y se ponía enfermo, escupía en el suelo. Y no sólo a la Iglesia tenía atravesada, cualquier religión le parecía una engañabobos, una excusa más del poder para oprimir mejor a la gente, aprovechándose del temor e incultura popular. Y eso lo tuvo claro desde bien pequeñito, imagina, a los ocho años se negó en redondo a hacer la comunión, y no hubo manera, por mucho que se emperró toda la comunidad católica. Le castigaron durante cuatro meses sin salir de casa, encerrado en su habitación, pero ni por esas.
Pegó un largo trago.
- Cuando salió de su castigo, François aún era más anticlerical.
- ¿Y usted? ¡Cree en Dios?
- ¿Yo? Tú me ves con pinta de creyente o qué?
Me rasqué la cabeza.
- Bueno, cosas más raras se han visto en la viña del señor… Pero dígame una cosa, señor Couché: ¿qué tiene que ver la religiosidad con todo lo que me estaba contando hasta ahora? ¿Qué tiene que ver sus apuestas entre amigos con si François creía en Dios o en una maceta?
Couché apuró la copa y me miró fijamente:
- Pues… porque sí que tiene relación. De hecho la tiene toda. François prometió a René que, si le ocurría algo (si se moría, vamos), él se ordenaría cura.

Como el cura Tribujena, que murió de pena ajena...
(continuará)

diumenge, 9 de novembre del 2008

LANCASTER, 20




Cuando decidí largarme de casa, hice el petate y bajé a la cocina-salón, donde se encontraba mi madre viendo uno de sus programas favoritos de sobremesa, un documental de algún pintor, o yo qué sé. Me situé detrás de la butaca donde estaba apoltronada y le dije:
- Mama, que me’n vaig a viure fora.
Ni se giró.
- Doncs adéu.
Fue tan calurosa la despedida que no supe qué decir.
- Bé… Adéu…
Al abrir la puerta, sonaron las cañas colgadas en el techo. Aún siguen haciendo ruido (no desde entonces, sino que las cañas continúan allí, moviéndose cuando alguien entra o sale). Me alejé, despacio, por en medio de la calle, confundido y triste, pero sobretodo confundido.
Iba a escribir sobre un vecino que tuve, Blas, todo un personaje, pero acabo de recordar otra cosa.
Otro día, Blas, tranquilo, no te preocupes, que ya pillarás.
Sigamos con mi madre.
Teníamos unos vecinos, ya mayores, que vivían enfrente, en una casita. Eran de Barcelona, y venían casi todos los fines de semana. Cuando murió la señora María, la vecina, el sr. Jaume, lleno de pena, vendió el piso que tenía en la calle Lancaster, paralela a las Ramblas. Es una calle corta, empieza en Nou de la Rambla y termina en l’Arc del Teatre, casi tocando a Colom.
La vendió por doscientas mil pesetas, regalada.
Yo ya no vivía en casa (creo que estaba en Castelldefels), pero acompañé a mi madre a ver el piso.
Calle Lancaster, 20.


El 20 es el primer portal de la izquierda. La persiana de al lado era un establecimiento de comidas para pobres. Por trescientas pesetas, comías. Poco, pero comías.

El edificio era antiquísimo, destartalado, por fuera y por dentro. Se entraba por un portalón que pesaba un montón (rima fácil) y chirriaba como un elefante en celo. Las escaleras, muy amplias, estaban desconchadas, llenas de baches y agujeros, y había que vigilar un poco para no darse de morros contra el suelo.
El piso era un entresuelo, y nunca mejor dicho. La puerta baja, debías agacharte (yo, al menos) para entrar; una vez dentro, se bajaban unas escaleras muy estrechas, también peligrosas. Detrás de la puerta, una taza de water, que a duras penas cabía en el cuartucho.
El piso era minúsculo, veintidós metros cuadrados.
Cuesta creer que dos personas mayores pudieran vivir allí dentro: era una habitación dividida en dos por medio tabique, con una sola ventana que daba a un patio interior, sin ducha, con un hornillo eléctrico como cocina. Las paredes estaban empapeladas de flores de color amarillo chillón, aunque con el polvo incrustado eran de un ocre oscuro. Armarios antiguos, enormes, lámparas de cristal llenas de roña, y dos camas donde uno no osaría acostarse, así por las buenas. Para acrecentar la sensación de claustrofobia, había un sobretecho de yeso, cañas y paja que yo tocaba con las mano sin ponerme de puntillas.
A pesar de todo, era un regalo, ¿no? Doscientas mil pesetas…
Cuando volví de Castelldefels encontré un trabajo en un pequeño hotel de Barcelona, de recepcionista, y le pedí a mi madre que me dejara vivir allí, en su piso. A regañadientes, aceptó.
Una vez instalado, mi madre contrató a un paleta que conocía de l'Escola Massana, donde estudiaba pintura, escultura, retablo y todo lo que se le ponía por delante (mi madre, no el paleta). Éste era un hombrecillo pequeño, delgado, el típico albañil chapucero, que igual te levantaba una pared que te freía un huevo (de gallina). Pero lo veía poco, mi turno era de mañanas y cuando él acababa, yo aún no había vuelto.
Eso cuando venía, porque lo hacía cuando le daba la gana. Imagino que mi madre haría lo mismo, a la hora de pagarle.
Colocó un plato de ducha en lo que era la cocina, cambió el inodoro, y entonces se dedicó a quitar el falso techo. Yo, que soy un desastre en el tema del orden, tenía toda mi ropa, sin doblar ni nada, encima de una de las camas.
Un día, al volver del hotel, me encontré con que el paleta de las narices había tirado el techo, sí, pero no había cubierto nada: a saco, Paco. Todo el piso estaba lleno de cañas, paja y yeso, sobretodo yeso, por el suelo, las camas, toda mi ropa blanca, los cables de la instalación eléctrica por allí colgando… Y eso que había un plástico grande para cubrir, pero no, el señor no se debió acordar que allí vivía alguien.
Pillé un cabreo de mil pares, y creo que celebré mi mala leche con una botella de vino blanco a granel y doscientos gramos de mojama exquisita que vendían en una charcutería-bar que estaba en las Ramblas, y que ya la cerraron, como han cerrado ya casi todos los garitos que valían la pena por el Raval.
Evidentemente, a finales de la tarde ya se me había pasado el enfado, ya estaba hecho, què hi farem. Por la noche, vinieron unos amigos a verme. El Gole, que es un cabroncete (como yo, más o menos), empezó a chincharme diciéndome que debería echarle la bronca al paleta. Al final me convenció y le escribí una nota, que colgué en uno de los cables colgantes, para que la viera cuando llegara al día siguiente.
La nota decía algo así:
“ES USTED UN CERDO. ¿No sabe que aquí vive gente? ¿No podía haber cubierto, al menos, la cama? Espero que la próxima vez tenga el pequeño detalle de hacerlo, ya que, si a usted le da lo mismo ir por la calle hecho un asco, a mi no. ¿De acuerdo? ¿me ha entendido con claridad?
Firmado: Llorenç."
Se fueron los colegas, y a las seis y media me levanté y me fui a trabajar.
El paleta, cuando llegó a casa, lo primero que vio fue la nota que le escribí. Se pondría furioso el tipo, porque se fue corriendo a l’Escola Massana, en la calle Hospital, cerca de allí, y entró en el aula rebosante de alumnos, donde estaba mi madre, sin llamar, blandiendo el papel de marras y gritando como un poseso:
- ¡Mire!¡Mire!¡Mire lo que me ha escrito su hijo!
Cuando volví a casa, sobre las cuatro, mi madre estaba allí, y ya me había recogido los bártulos.
- Hola, ¿qué haces aquí?
Mi madre, sin mirarme casi, dijo:
- Ya puedes agarrar tu petate y largarte de aquí.
Entonces comprendí.
- ¡Pero mama, si es verdad, es un cerdo!
- Que te vayas.
- Y dónde voy ahora?
- Yo qué sé, ya te apañarás.
El bochorno que debió pasar en la clase, la pobre, debería ser impresionante.
Y bueno, me fui con viento fresco.
A los dos minutos, me encontraba caminando, macuto en ristre, subiendo por las Ramblas, pensando dónde pasar la noche…


Esta es mi madre.