dimarts, 28 d’octubre del 2008

LA URRACA Y EL ARCO IRIS



El otro día salió el sol.
Ya sé que no eso no es nada reseñable, de hecho sale todos los días (sería curioso, como mínimo, que un día no amaneciera, verdad?). Pero es que estaba lloviendo también, algo que, aunque no tan habitual como la salida diaria del sol, también es un hecho frecuente (aunque cada vez menos).
Pues bien, después de llover toda la noche (y de despertarme por una maldita gotera que apareció en la habitación), me lavé y acicalé con esmero, cosa rara en mí, y salí de casa.
Llovía a mares, a océanos, a ríos, a cataratas, a lagos, pero no me importaba, me gusta la lluvia. Me dirigí al coche, calándome hasta los huesos. Tras quince minutos de viaje aparqué en el descampado donde suelo hacerlo todos los días, a unos cientos de pasos del trabajo. Supongo que serán unos cientos, vaya, tampoco los he contado nunca.
Al bajar del coche, seguía lloviendo, pero con menos virulencia. En ese momento apareció también el sol, luciendo en todo su esplendor. Me quedé observando el espectáculo unos momentos, me daba igual si llegaba tarde, entre otras cosas porque casi siempre lo hacía. La lluvia resbalaba en mi cara, brindándome una sensación de frescura y pureza.
Así que me alegré el alma, hala.
Ya me iba a ir hacia mi lugar de trabajo cuando apareció un arco iris, así de sopetón. Me quedé extasiado observándolo, hacía muchísimo tiempo que no veía ninguno y se me quedaron los ojos clavados en él, pensando en el camino parabólico que surcaba hacia el cielo, y que luego descendía. Me preguntaba qué vista tan maravillosa se divisaría desde las alturas, y a qué lugar nos llevaría el final del arco iris.
Mientras pasaban por mi mente estos pensamientos y continuaba mojándome sin apenas apercibirme de ello, oí una voz a mis espaldas:
-Ahora verás cómo sale otro arco iris.
Me giré, y no vi a nadie. Qué extraño, pensé, hubiera jurado oir una voz
-Eh, que estoy aquí abajo, a tus pies, y vigila con pisarme.
Miré hacia el suelo y lo que vi me dejó parado... Me estaba hablando una urraca (Pica pica)!! La veía cada mañana al aparcar en el solar, a ella y a su compañera, me encantaba observarlas, tan curiosas, de un lado a otro, brincando de rama en rama, buscando no se sabe qué. Pero aquello me dejó casi sin poder articular palabra.
-Pero... Tú... Tú hablas?
-No, ha sido la colilla ésta que está aquí en el suelo, no te digo… ¿A ti qué te parece? ¿Ves a alguien más?
Miré a mi alrededor y, efectivamente, tan sólo estábamos ella y yo.
-¿Y tu compañera? He observado que siempre váis juntas en todas partes.
La urraca abrió el pico y dijo:
-Si, es cierto, nos queremos mucho y no nos separamos jamás, pero es que mi urraco (es un macho, que lo sepas) ha tenido que ir al ayuntamiento para empadronarnos.
-No me digas!! Las urracas también tienen que hacer papeleo?
-Buff!! Si tú supieras... Con esta tendencia de quererlo regular todo, al final no podremos ni volar libremente. La semana pasada vinieron los municipales a nuestro nido, y entre otras cosas, nos dijeron que teníamos quince días para empadronarnos, so pena de tener que abandonar nuestro querido hogar.
-Jo, pues si que está mal el patio...
-Mira si está fatal el tema que nos han obligado a llevar encima una bolsita de plástico para recoger nuestros excrementos, imagina la dificultad cuando estás en el aire, cagas y al momento tienes que hacer un vuelo en picado para recogerlo y meterlo en la bolsa, todo eso en pleno vuelo... Hemos tenido que hacer un curso de vuelo en picado con un halcón peregrino para poder hacerlo bien y llegar a tiempo antes de estamparte contra el suelo. Y encima, claro, tienes que hacerlo a más altura para tener tiempo de hacer la recogida, con el consiguiente peligro de pillar un resfriado, ya que arriba hace más frío. Claro que eso tú no tienes por qué saberlo, no vuelas...
-Qué, tienes ganas de hablar, eh?
-Pues sí, pasa algo?
-No, no, ni mucho menos, me encanta oír hablar a una urraca, no sucede todos los días... Y por cierto, qué me decías al principio?
La urraca miró al arco iris y me respondió:
-Que ahora va a salir otro.
-Otro arco iris?
-Si.
-No me lo creo.
-Ah, no? Tú espera y verás. Por cierto, no tienes un cigarro, mientras?
Lo que me faltaba por oír, una urraca que fuma.
-Te va bien un Fortuna?
-Yo me lo fumo todo, que lo sepas.
Saqué el paquete, se lo encendí (encima), y se lo coloqué en el pico.
Aspiró una calada larguísima y exclamó:
-¡Mira, ya sale, ya sale!


Efectivamente, otro arco iris se alzó esplendoroso detrás del primero, creando una atmósfera mágica que me embriagó por completo.
Me quedé con la boca abierta y los ojos como platos, sin decir nada.
-Qué, es bonito, verdad?-, dijo la urraca.
Asentí con la cabeza, sin mirarla.
-No te gustaría subirte al arco iris y contemplar el paisaje desde ahí arriba?
Ahora sí que me giré, hacia abajo. Enarqué las cejas y le contesté, socarrón:
-Si, y qué más?
La urraca pegó unos saltitos delante de mi y se alejó, diciéndome:
-Va, cállate ya y sígueme.
Y, sin saber cómo, la seguí, elevándome por encima de los edificios, y me perdí entre los colores de los arco iris.

CAROLINA SUBE LA COLINA



Siguiendo el sentido del agua
Carolina sube la colina
Se desprende de sí misma
Despacio, con prisa
Sin pausa
Dejando a su paso
Un reguero de tristeza
Que amortigua su sonrisa
Limpia, fresca, radiante
henchida de dolor

Carolina sube la colina
Emulando a Alfonsina
Perdiéndose
Por peligrosos senderos
Simas y cavernas
De destino incierto

Carolina sube la colina…
Sin saber
Si algún día
Descenderá
(A.l.m.g.)


dilluns, 27 d’octubre del 2008

EL BAÚL Y EL HACHA



Mi bisabuela Consuelo era de armas tomar, según me han contado. Murió cuando yo tenía cinco años, pero me acuerdo de ella, aunque de su mala leche no. Con ella por en medio sólo tengo dos imágenes, pero claras: los sábados venía a visitarnos a Premià de Dalt, donde vivíamos, desde Barcelona. Tomaba el autobús y Eva, Raquel (dos hermanas nacidas) y yo la esperábamos al final de la calle. Cuando doblaba la esquina íbamos corriendo a recibirla, y siempre nos traía algún regalito. La otra imagen es de un día que fuimos a visitarla a la residencia donde vivía, y yo, jugando, me rasqué la mano en una pared estucada, rugosa y se me quedó en carne viva.
A principios del siglo XX, mi bisabuelo encontró trabajo en Málaga. Era un reputado albañil, y le deberían ofrecer un buen sueldo, pues se trasladó allí con Consuelo. (Lo que no recuerdo es dónde dejaron a mi abuela, la nueva, pues se supone que ya habría nacido. Pero eso no viene al caso, ahora). Alquilaron un piso y se instalaron. El uno trabajaba en la obra, y la otra, de comadrona.
Con el tiempo, Josep, mi bisabuelo, acabó la obra y se quedó sin trabajo.
Era un poco balilla el tío, y Consuelo lo sabía, supongo. No se ufanaba demasiado en encontrar un nuevo empleo, y solía quedarse en casa, tumbado por ahí.
En esas que había una vecina del mismo edificio a la que le hacía gracia, mi bisabuelo. Dicha mujer era viuda, con siete hijos, y le tiraba los tejos, como si no tuviera otra cosa que hacer.
No sé si hubo algo entre ellos, pero Consuelo sospechaba. Sospechaba mucho.
Así que un día, por la mañana, se fue a trabajar. Le dio un beso a Josep (o no), abrió la puerta, pero no se fue: aprovechó que mi bisabuelo estaba en el cuarto de baño y se escondió en un baúl que había en la habitación.
Allí se acomodó, con un hacha como compañera.

La compañera de Consuelo: durante su encierro voluntario se hicieron amigas, y le puso Jacinta, en recuerdo de una cabra que tuvo de niña.
Un baúl, un hacha y la Consuelo, presta a saltar al más mínimo indicio de cuernos.
Josep se tumbó en la cama, fumando, y en eso llegó la vecina de las narices.
Bueno, de la nariz, porque sólo tenía una, creo.
En esa época las puertas no se solían cerrar con llave, así que él ni se movió de la cama. Entró la mujer, y empezó a hablar: le decía que dejara a su mujer, que era una mala pécora, que ella le cuidaría como nadie, que si esto, que si lo otro… Josep, sin inmutarse, iba fumando y dando largas a la vecina, hasta que ésta se hartó de comerle la cabeza (sin doble lectura) y se marchó.
Al cabo de un rato, mi bisabuelo se hartó también de estar tumbado sin hacer nada, se vistió y salió a la calle a dar un paseo, o vete tú a saber.
Cuando la casa quedó vacía, Consuelo salió del baúl, lo dejó todo tal cual estaba, escondió el hacha en otro lugar, cerró la puerta y se fue a trabajar.
Sobre lo sucedido, no dijo ni una palabra a Josep.
Al cabo de unos días, Consuelo volvía a casa, después de una jornada de duro trabajo. Al doblar una esquina, se encontró cara a cara con la vecina. Sin mediar palabra, le soltó un sopapo directo a su única nariz, desplomándose en el suelo al momento. Y siguió arreándole, patadas, puñetazos, arañazos y todo lo que pudo, hasta que se hartó.
Y se fue, relajadísima, a casa, dejando allí tirada a la vecina.
Evidentemente, ésta fue rauda al juzgado de guardia y puso una denuncia por agresión a Consuelo.
Al cabo de un tiempo, se celebró la vista.
En el barrio el suceso tuvo mucha repercusión, y ya se sabe, de la chafardería popular: la sala estaba a rebosar de curiosos ávidos de sangre y vísceras.
Empezó el espectáculo. Consuelo fue llamada a declarar y reconoció los hechos sin ambages. Cuando le llegó el turno de subir al estrado a la vecina, ésta empezó a escupir improperios contra mi bisabuela, proclamando a viva voz que era una mala mujer, que hace tiempo que le tenía ganas, que no cuidaba a su marido, que… En fin, todo lo que se le ocurrió y más, hasta que, en un momento de la perorata, le interrumpió el juez:
- Perdone, señora, una pregunta…
- Dígame usted, su señoría.
El juez la miró fijamente:
- ¿Usted cuántos hijos tiene?
- Siete, su señoría.
- ¿Es usted viuda, no es cierto?
- Pues si, mi pobre marido murió ya hace años y…
- ¿Y no tiene bastante trabajo con sus hijos como para ir tocando las narices al vecino?
La vecina se quedó de piedra.
- Verá, es que…
- ¡Ni es que ni leches!- gritó el juez, levantándose de su silla- ¡Debería darle vergüenza! ¡Hala, caso cerrado¡ ¡Desalojen la sala! Qué manera de hacerme perder el tiempo...
Y así se dio por concluido el juicio, para desesperación de la vecina, regocijo de mi bisabuela y desencanto del público asistente.
Mi bisabuelo, creo que ni se enteró. Y de lo del baúl y el hacha, aún menos.
Al cabo de un tiempo, Consuelo y Josep volvieron a Barcelona.
Me pregunto si ella se llevaría consigo a Jacinta, por si acaso...

dijous, 23 d’octubre del 2008

Lo Tucà

GOTAS




Empieza a llover
Mi amigo el frío ha vuelto
Salgo al patio carcelero
Las gotas me salpican
Por todo el cuerpo
Las hay de todas clases
Gotas de alegría, de tristeza,
De incertidumbres, de contradicciones,
De dudas, de certezas,
Gotas de risas y lágrimas,
Gotas de azul esperanza
De tranquilidad nerviosa
De anhelos escondidos
Gotas de placer etéreo
Gotas que desaparecen
Lentamente
Gotas que empapan el pensamiento
De sinsentidos conocidos
De sabores que ya no vuelven

Y tiendo a refugiarme
A recogerme

Dentro de un baúl
Y observar por la cerradura
Cómo la vida se llena
De más y más gotas

Pero antes...
Tiendo la ropa seca

dimecres, 22 d’octubre del 2008

HERMES


Hermes, según la mitología griega, es el dios de las fronteras y los viajeros que las cruzan, de los pastores, de los oradores y el ingenio, de los literatos y poetas, del atletismo, de los pesos y medidas, de los inventos y el comercio en general, de la astucia de los ladrones y los mentirosos.
Pues sí que es dios de cosas, el tío...
También según la mitología griega, se ve que nació hijo de Zeus y de Maya, hija de Atlas, el que aguantaba el mundo a sus espaldas. Al cabo de un rato, saltó de la cuna y le robó unos cuantos bueyes a Apolo: queda claro que ya de pequeño tenía alma de chorizo. Luego se encontró una tortuga, la vació (dicen las malas lenguas que se preparó una sopa), y se le ocurrió inventarse la lira y el laúd. Es por ello que la tortuga laúd se llama así, no porque toque mientras nada por el océano. La cuerdas las fabricó con tripa de buey, de uno de los que robó anteriormente; la verdad, no creo que necesitara tantos animales para unas cuantas cuerdecillas.
Pero Hermes lo hacía todo a lo grande, según parece.
Apolo se enteró del robo cuando comprobó que le faltaba ganado (ya sabían contar, los dioses), y se fue a buscar al ladrón para cantarle las cuarenta, pero ya estaba llegando a la cueva (quizás vivía en Guadix) donde moraba Hermes cuando escuchó una música celestial y maravillosa. Apolo se quedó tan encantado con la melodía que se hizo amigo íntimo de Hermes, que era quien tocaba el instrumento de marras. Incluso le regaló unos bueyes, y de paso le enseñó el oficio de pastor, para que cuando fuera mayor tuviera una profesión decente, porque con la música, ya en esa época, no se comían garbanzos.
Cuentan las malas lenguas (católicas, seguramente) que intimaron carnalmente y todo, pero eso no era problema para los griegos, sólo hay que leer la Ilíada para observar que les daba lo mismo carne que pescado.
Pasaron los siglos, Hermes se cambió de bando y se pasó a a los romanos, poniéndose el nombre de Mercurio, nombre que se le ocurrió mientras se tomaba la temperatura, pues tenía fiebre ese preciso día, para mayúsculo disgusto de sus padres, Zeus y Maya.
Aunque, más tarde, su padre hizo lo propio y pasó a llamarse Júpiter...
Con la caída del Imperio Romano, se le perdió la pista, como a Adolf Eichmann.
Pues bien, al cabo de exactamente 1532 años, Hermes ha aparecido de nuevo, pero no en Guadix.
Y se ha instalado en mis labios.
Maldito hermes simple!!
De todas maneras, siempre es mejor que un hermes zoster, claro...

dilluns, 20 d’octubre del 2008

LÁGRIMAS


El otro día iba en coche, de vuelta a casa. Tenía la radio puesta, en el programa que escuchaba le hacían una entrevista a Miki Puig, ex-cantante de Los Sencillos y actualmente personaje de televisión; creo que hace de juez y de jurado en una mierda de programas de esos en los que la gente luce sus habilidades artísticas y luego los echan o se quedan, según cómo hagan el numerito y tal.
Una especie de Dios, por encima del bien y del mal, que reparte justicia (¿artística?) a diestro y siniestro, a su aire, depende de con qué pie se levante.
La entrevistadora, al finalizar ya el programa, le propuso una serie de cinco canciones, como un rànking musical personal, para que Puig, en su infinita sabiduría, sentara cátedra.
No recuerdo bien el resto de las canciones, pero sí de la última que seleccionaron.
“It was a very good year”, de Frank Sinatra.
Me puse a llorar como un niño, y no de pena, precisamente.
Me estaré haciendo mayor?
Me iré a comprar un bastón, por si acaso.