Les erupciones strongbolianes es caracterizen per una explosió intermitent de laves basàltiques en forma de paraules, que surten d'un únic cràter. Cada episodi és causat per l'acumulació de lletres volcániques, i succeeixen de forma rítmica uns cops i irregulars d'altres. Els fragments de lava consisteixen en frases volcàniques que són arrodonides quan es disparen volant a través de l'aire.
dimarts, 18 de desembre de 2012
dimecres, 12 de desembre de 2012
LYNOTT

Los volcanes son impredecibles, según los vulcanólogos y a los que no tienen el Vesubio, el Kilauea o el Etna como vista panorámica. El Fujiyama o el Kilimanjaro ya es otro cantar.
Los demás, cuando erupcionan, nos enteramos de qué va la cosa por las noticias, y por si nos da por leer algún libro de historia, o vemos alguna película, como “Los últimos días de Pompeya”, o “Un pueblo llamado Dante’s Peak”. Lo más diáfano que te queda es que nunca sabes cuándo van a petar.
Lynott, dentro de su casa, unos bajos en un bloque de siete pisos construidos a principios del siglo XX, sufría un problema similar a una erupción. La última vez que ocurrió fue hace cuarenta y siete años. Él apenas lo recordaba, ya que tenía cinco años cuando pasó.
Hasta que…
diumenge, 29 d’abril de 2012
dimecres, 25 d’abril de 2012
dimecres, 21 de març de 2012
divendres, 10 de febrer de 2012
MENOS MAL
dijous, 8 de desembre de 2011
dimecres, 2 de novembre de 2011
diumenge, 23 d’octubre de 2011
dijous, 6 d’octubre de 2011
NADA

Decían que en el país vecino la gente vivía en un mundo de cabezas vacías. El temor impidió que nadie osara descubrir si aquello era cierto. Si alguien tuvo el valor de traspasar la frontera para averiguarlo, nunca pudo contarlo: no volvió.
Fredo decidió salir de dudas. Cruzó los límites y, cansado del viaje, se quedó dormido bajo un árbol.
Despertó fuertemente atado, rodeado por una muchedumbre. Horrorizado, Fredo observó que todos llevaban el mismo sombrero. Todas las caras tenían la misma expresión, fría y sin vida.
De entre ellos se abrió paso un policía con un serrucho en la mano.
- Tranquilo, no vas a morir.
Le serró la cabeza por arriba, longitudinalmente. La multitud, uno por uno, comió un pedacito del cerebro hasta que no quedó ni rastro de él. Le colocaron un sombrero y lo desataron.
- En este país no se piensa. Así no hay problemas- dijo el policía.
dijous, 29 de setembre de 2011
MEDIUMAMMA
Pietro seguía atado a la silla. Sabía que le quedaba poco tiempo de vida.
Vincenzo también.
- Algún deseo antes de morir?
- Si. Quiero saber cuánto tiempo te queda de vida.
- ¡Jajaja! ¿A mí? ¡Qué estupidez! ¿Y cómo voy a saberlo?
- Llama a una médium. Apunta el teléfono. Benedetta. Es la mejor.
- Si eso te hace feliz…
Llamó. Le preguntó cuánto le quedaba de vida.
- Media hora. No más.
Vincenzo colgó, tronchándose de risa.
- Me ha dicho que en treinta minutos la palmo. No tengo prisa para acabar contigo,
así que esperaremos los dos, a ver qué pasa. Nos divertiremos.
Tres segundos antes del tiempo límite, una bala certera se alojó en el cerebro
de Vincenzo, que se desplomó sin vida.
Benedetta apareció detrás de él, pistola humeante en mano.
- Eres la mejor médium del mundo, mamá- sonrió Pietro.
dimarts, 9 d’agost de 2011
STEINBECK
“Kino se despertó antes de que aclarara. Las estrellas brillaban todavía y el día sólo había extendido una tenue capa de luz en la parte más baja del cielo, en el este. Hacía un rato que los gallos cantaban, y los cerdos más madrugadores habían comenzado ya a hurgar incesantemente entre ramitas y trozos de madera, en busca de algo de comer que les hubiese pasado inadvertido. Fuera de la cabaña de paja, entre las tunas, una bandada de pajarillos se estremecía y agitaba frenéticamente las alas”
("La Perla", de John Steinbeck).
Ahí, en el primer párrafo, me detuve. Qué bonito, pensé. Es que me lo imagino, oye, me hablé a mí mismo. Ni que estuviera en una cabaña a orillas del Missisipí, me volví a hablar. Qué bien escrito, y cómo te transporta, acabé de decirme ya.
Pensé que Steinbeck, en el preciso momento que escribía esas líneas, se hallaba en un momento plácido, feliz, en paz interior. Por eso lo que narró así de bien quedó plasmado.
Si.
Pero… ¿Y si Steinbeck tuviera tenido, en esos momentos, otro estado de ánimo?
¿Eh?
Pues… Pues que hubiera escrito bastante diferente. Por ejemplo, así:
ESTADO NEGATIVO
Kino fue despertado antes de que aclarara. Las estrellas brillaban todavía y el día ya había empezado a dar por saco, y eso que sólo había extendido una tenue capa de luz en la parte más baja del cielo, en el este. Por donde sale el puto sol. Encima, hacía un rato que los gallos soltaban su canto de las narices, despertando a todo cristo, y los cerdos (y nunca mejor dicho) más madrugadores habían comenzado a hacerse insoportables con su hurgar incesante entre ramitas y trozos de madera, en busca de algo de comer que no se hubieran zampado ya. Fuera de la cabaña de paja, repleta de insufribles pulgas, una bandada de pajarracos graznaba y agitaba frenéticamente las alas, siendo completamente imposible conciliar el sueño.
Kino maldijo cuarenta y tres veces el día en que se le ocurrió irse a vivir al campo.
O así:
ESTADO CONCISO
Kino se despertó antes de salir el sol, se levantó y se fue a trabajar.
O quizás así:
ESTADO ASESINO
Kino se despertó antes de que aclarara. Las estrellas brillaban todavía y el día sólo había extendido una tenue capa de luz en la parte más baja del cielo, en el este. Hacía un rato que el gallo cantaba, y los cerdos más madrugadores habían comenzado ya a hurgar incesantemente entre ramitas y trozos de madera, en busca de algo de comer que les hubiese pasado inadvertido. Fuera de la cabaña de paja, entre las tunas, una bandada de pajarillos se estremecía y agitaba frenéticamente las alas. Kino se levantó, cogió el rifle que siempre tenía debajo de su cama y lo cargó. Salió de la cabaña, se dirigió hacia donde los cerdos y los mató uno a uno de un certero tiro en la nuca. Luego fue hacia el corral y con un machete cortó, de impecable tajo, el cuello al gallo. Y de paso a las gallinas, por testigas.
Recogió los cuerpos, los cocinó e invitó a una espléndida barbacoa a su banda de despiadados malhechores.
O tal vez así, vaya usted a saber:
ESTADO IMPOLUTO
Kino se despertó, y medio dormido se lavó su cuerpo y se limpió los dientes de la manera que le enseñó su dentista, con hilo dental y todo, antes de que aclarara. Las estrellas brillaban todavía con su blanco prístino nuclear, y el día sólo había extendido una tenue capa de luz en la parte más baja del cielo, en el este. Hacía un rato que el gallo cantaba con su barítona voz, y los cerdos más madrugadores, lustrados con cepillo y a conciencia por Kino todas las tardes, habían comenzado ya a hurgar incesantemente entre ramitas y trozos de madera, en busca de algo de comer que les hubiese pasado inadvertido. Algo imposible, pues Kino había barrido y limpiado el terreno la noche anterior. Fuera de la cabaña de paja, desparasitada cada dos días por la empresa No Pig & Please, entre las dunas, una bandada de pajarillos se estremecía y agitaba frenéticamente las alas.
¿Y así?:
ESTADO DE SITIO
Kino se despertó antes de que aclarara. Las estrellas brillaban todavía y el día sólo había extendido una tenue capa de luz en la parte más baja del cielo, en el este. Miró por la ventana y observó que la cabaña estaba completamente rodeada de marines, prestos a disparar al menor movimiento. No tenía ninguna escapatoria. Cargó su fusil de la guerra de secesión y decidió, ilusamente, que vendería cara su vida.
También así, tal vez:
ESTADO DE TEXAS
Kino se despertó antes de que aclarara. Las estrellas brillaban todavía y el día sólo había extendido una tenue capa de luz en la parte más baja del cielo, en el este. Hacía un rato que los gallos cantaban, pero de sopetón dejaron de hacerlo. Un silencio sepulcral hizo su aparición por unos momentos, hasta que en la lejanía empezó a escucharse un estruendo lejano que se iba acercando poco a poco. El suelo retumbaba cada vez más, y las parades de la cabaña de paja parecían que iban a desplomarse en cualquier momento. El terror paralizó el cuerpo de Kino, que se acurrucó en su catre sin poder moverse. Mal hecho: al cabo de unos instantes, el ruido se volvió insoportable, y la estampida del rebaño de tres mil cabezas de vacas propiedad de Chisum, el ganadero, arrasó la cabaña en un santiamén y todo lo que había dentro. De Kino no quedó ni rastro.
O puede que así:
ESTADO MENTAL
Kino se despertó antes de que aclarara. Las estrellas brillaban todavía y el día sólo había extendido una tenue capa de luz en la parte más baja del cielo, en el este. Hacía un rato que los gallos cantaban, y los cerdos más madrugadores habían comenzado ya a hurgar incesantemente entre ramitas y trozos de madera, en busca de algo de comer que les hubiese pasado inadvertido. Pero por allí sólo crecía hierbabuena.
En cualquier caso, nunca sabremos qué habría escrito Steinbeck de no sentirse contento. Y casi que mejor.
dijous, 28 d’abril de 2011
MINUTOS MUSICALES
divendres, 25 de febrer de 2011
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Mientras nos ocupamos de la transcripción de la conversación que mantuvieron el matrimonio liante del post anterior antes de ir de cenita, les ofrecemos unos minutos de publicidad.

¿No ha tenido usted alguna vez necesidades perentorias cuando está en el monte, de acampada o en una barbacoa campestre y, en ese preciso momento, no tiene un lavabo a mano?
Tal habitual situación, en la mayor parte de los casos, se convierte en un verdadero engorro para la persona que lo sufre. Que si dónde voy ahora, que si me tengo que bajar los pantalones, que si tengo que buscar un sitio con pendiente para posicionarme mejor, que si me pueden lo pueden ver en posición sospechosa y embarazosa, que si me pica un mosquito, que si me muerde un jabalí, que si y si me mancho los pantalones o los zapatos, que si he traído papel higiénico, que si yo no sé hacer mis necesidades con tanta prisa, que si necesito algo para leer si no no funciono, que si que si…
Y si vas de safari, ya te...
En fin, todo un cúmulo de manías, comprensibles por otra parte, ya que el hombre es animal de costumbres y ya hace mucho que pasó la época en que uno se limpiaba con una piedra u hoja de helecho, o que descargaba en rincones de los pasillos de palacio (una vez leí que en el palacio de Versalles, el summum del refinamiento y donde se ve que al arquitecto se le olvidó construir letrinas, las emperifolladas damas, con esas faldas donde cabía dentro una manada de ñus, se colocaban en un rincón y, sin apenas disimulo, de pie, satisfacían sus perentoreidades mientras seguían charlando tranquilamente de lo bien que le quedaba la peca postiza a Madame de Pompadour. Es de buen suponer pues, que venga de ahí que se desarrollara tanto, en esa época, la industria de los perfumes).
Hay que reconocer que disimulaban de perlas...
Pues bien: ¡Se han acabado para siempre sus problemas en este tipo de situaciones!
Les presentamos…
¡¡¡EL TRUNYING!!!
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Fabricado con sencillos y económicos materiales y dotado incluso de respaldo y reposabrazos, el TRUNYING dispone de, además del pertinente rollo de papel higiénico y un kit de ceniza integrado en botella de Font Vella para ocultar adecuadamente el o los cuerpos del delito y ponerlos a salvo de posibles suelas de zapato o pezuñas de animales, además de mantener la estética campestre como Dios manda.
Por último, también como accesorio, contiene una revistilla (con bolígrafo incorporado) por si usted no se lleva su propia lectura, y se quiere entretener, mientras trabaja, haciendo un sudoku o un crucigrama.
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TRUNYING... QUÉ GRAN INVENTO!!
dimarts, 15 de febrer de 2011
LA VELADA
- ¿Salimos al jardín?
- Si, claro…
Pierre y Didier se sentaron en las escaleras del porche, observando de lejos la animada conversación que, en el salón, mantenían sus respectivas esposas
- Cómo se divierten, ¿no es cierto?
- Pues sí, se están riendo mucho. Hacía tiempo que no estaban juntas; tendrán muchas cosas que contarse. Deberíamos repetir estas veladas más a menudo.
- Tienes razón, Pierre. Oye, ¿de dónde has sacado este calvados? ¡Está impresionante!
- ¿Verdad que sí? Se lo regala a mi tía un vecino suyo, que es bretón. Se ve que él mismo lo destila…
- Pues está delicioso.
- Sí…
(…)
- Pierre…
- Dime, majo…
- ¿Cuánto hace que nos conocemos?
- Hace mucho, Didier, hace mucho. Desde que fichaste por el Toulouse, en juveniles. Yo ya estaba en el equipo. Más de veinte años…
- Cómo pasa el tiempo…
- No somos nadie…
- La vida son cuatro días, te das cuenta y ¡zas!, al hoyo…
- Si, hay que aprovechar, que todo lo bueno se acaba…
Pierre y Didier se echaron a reír al darse cuenta de que sólo decían topicazos. Mientras se secaban las lágrimas, se miraron a los ojos, y desaparecieron de golpe las risas. El sentido de las miradas y las expresiones en las caras de los dos amigos cambiaron por completo. Ahora significaban algo muy distinto.
- Didier…
- Pierre…
- Qué tiempos aquellos, ¿verdad?
- Si… La verdad es que echo de menos algunas cosas…
- Yo también, Didier, yo también. No sabes cuántas veces he soñado con aquellos momentos. En los vestuarios, en el bosque, en el mar…
- Ay, Pierre…
Y sin darse tiempo a pensar, el deseo y la lujuria se apoderó de sus mentes y se fundieron en un beso frenético y esplendoroso. Las copas cayeron al suelo, dispersándose en mil pedazos por el jardín.
El ruido de los cristales provocó que Annette y Charlotte, las esposas de los dos hombres, salieran al jardín.
- ¿Qué habrá sido eso?
- Vamos a ver qué les ha pasado…
Las dos mujeres, copa en ristre, se asomaron al porche. Lo que vieron las dejó sin poder articular palabra: los dos fornidos amigos, antiguos jugadores de rugby, continuaban con su profundo (y lascivo) beso, sin importarles lo más mínimo lo que hubiera a su alrededor.
Annette y Charlotte, con los ojos como bolas de billar, acabaron sus vasos de un solo trago.
- Caramba con estos dos…¡Vaya, vaya! ¡No me lo puedo creer!- dijo Annette.
Charlotte rió discretamente:
- Jajaja! ¡Vaya escenita, madre mía! Qué callado se lo tenían… ¿Y ahora qué hacemos?
Annette la agarró por el brazo.
- Nada, no hagamos nada. Dejémosles que disfruten. Entremos, como si no hubiéramos visto nada.
Al cabo de un rato, Pierre y Didier volvieron al salón, despeinados, atusándose la vestimenta, rojos de excitación y sin sus copas.
Annette, con media sonrisa, preguntó:
- ¿Qué habéis estado haciendo? Por vuestras pintas, parece que hayáis recordado viejos tiempos jugando un partidito de rugby en el jardín.
Pierre, mientras se servía, de espaldas a ellas, un vodka en el mueble bar, respondió:
- Si, si. Hemos recordado viejos tiempos… ¡Didier! –gritó-: ¿Una copa?
Didier estaba en el lavabo.
- ¡Triple, por favor!
Al cabo de un par de horas, Pierre y Annette, ya de vuelta a casa, iban camino de casa en su flamante coche.
Amanecía.
- ¿Qué, cómo ha ido?- inquirió ella.
Pierre, sin dejar de mirar la carretera, respondió con aire ausente:
- Bien, no ha estado nada mal. ¿Y a ti?
- Bueno, todo llegará. Habéis tardado muy poco, necesitaba más tiempo.
- Ya, bueno, ya sabes…
- Si, ya sé…
Continuaron unos minutos sin hablar, hasta que Pierre miró sonriente a su esposa:
- La verdad es que, de vez en cuando, recordar viejos tiempos tiene su gracia.
Y añadió:
- Aunque le picara la barba.
divendres, 19 de novembre de 2010
270.417 PASOS (del mar a Tost)
Prólogo (1)
Mi padre, desde que se jubiló hace ya diez años (cómo pasan las nubes…), tiene en mente hacer el Camino de Santiago. Quizás antes también, pero como trabajaba mucho, llegaba siempre tarde a casa y hablaba poco por el cansancio y porque no es muy cotorro (más bien todo lo contrario), nadie sabía de sus anhelos y deseos secretos.
De hecho, hubo momentos en que llegué a pensar que no tenía nada de eso en su gran cabeza, que allí dentro sólo le cabía frases del tipo “hay que currar”.
También creía yo que, una vez jubilado, no sabría qué hacer con su vida y que, ya poniéndonos trágicos, podría sucederle lo que a muchos, que al año de dejar de trabajar le daría algo y se lo llevaría la Remedios Amaya, la que maneja la parca.
Me equivoqué en todo, como siempre. Menos mal, y que dure.
Ignasi (le llamaré así a partir de ya) tiene 75 años.
Una tarde recibió la visita de mi hermano Bernat, que vive en La Seu d’Urgell. Hablando hablando (poco, todo hay que decirlo, Bernat también abre la boca sólo lo imprescindible) Ignasi le comentó su idea de irse de peregrinaje.
- Me gustaría hacerlo, antes de que sea demasiado tarde.
- Si, mucho vas a hacer tú - respondió Bernat -; tú mucho decir y luego nada de nada. Además, ¿qué se te ha perdido a ti en el camino de Santiago? ¿A tu edad te ha entrado la vena mística?
Ignasi sonrió.
- No, no. Sólo me gustaría hacerlo.
- Y, digo yo… Si quieres andar, ¿por qué no haces otra cosa? Podrías ir desde aquí hasta Tost. Son 200 km, tampoco está mal, … Yo te acompaño.
Ignasi vive desde hace 47 años en Premià de Dalt, en el Maresme, entre Mataró y Barcelona, pero nació en Tost, un pueblo deshabitado desde hace más de cincuenta años, situado en el Alt Urgell, cerca de La Seu d’Urgell y Andorra.
La propuesta le atrajo, cómo no. Él siempre se ha considerado un tío de montaña y arraigado a sus orígenes, a pesar de vivir al lado del mar la mayor parte de su vida.
- Pues no es mala idea, no…- respondió Ignasi, pensativo.
Al cabo de un par de semanas, llamó a su hijo Bernat.
- Oye, aquello que hablamos el otro día, ¿Lo hacemos o qué?
- Vale. Ya puedes ir entrenándote. Se lo diré al Llorenç, seguro que también se apunta.
- ¿El Llorenç? No sé, con lo disperso que es, igual te dice que si, luego no se acuerda y cuando llegue el día de partir no puede.
El Llorenç en cuestión es otro hijo de Ignasi. Concretamente, el que escribe todo este rollo.
Tost y la iglesia de Sant Martí.
dimecres, 20 d’octubre de 2010
COMPAÑEROS DE VIAJE

Esta es una versión en castellano de “Les Copains d’Abord”, de Brassens, cantada y traducida por Albert Garcia, un tipo al que no conocía y que hurgando hurgando y tal, buscando la letra de la canción, he sabido de él. Y no está nada mal.
Bueno, a mí me gusta. Y aquí toca en un bar, además.
Así que...
Un… Deux…Trois…
http://www.youtube.com/watch?v=zxsi061lKZc
Dedicada a mis amigos.
divendres, 3 de setembre de 2010
NOWHERE MAN

Y cuando acaban, a dormir. Y ya está. Ahí se acaba la vida del hámster enjaulado. Qué bonito y qué gracioso, ¿verdad?
Preferiría tener un lemming, sin duda. Al menos, cuando le da el punto, se suicida, según dice la leyenda.

Total, que nadie le hacía ni caso.
Nowhere man.
El gato era el único que le acechaba. Se tiraba un rato largo al lado de la jaula, mirándolo fijamente, como pensando: uy, el día que te pille, uy, el día que te pille... Como no salía, ni tan solo a buscar tabaco, finalmente al felino acechador se le hartaban los ojos de observar tanto y se iba a hacer sus cosas. O sea, a buscar un lugar para dormir.
Allí estuvo el hámster durante un tiempo. Un día, al volver a casa, me fijé en la jaula y vi que el roedor no estaba. Alarmado (bueno, tampoco mucho), lo busqué por todas partes y, finalmente, lo encontré debajo de un armario.
Del pobre animal sólo quedaba la piel, ni huesos ni nada más. Estaba aplastada, como si fuera una alfombra de piel de oso, pero en miniatura, y sin la cabeza.
Sucedáneo de alfombra de piel de oso, para no herir susceptibilidades.
Pobre… Puse la alfombrita sobre la palma de mi mano, me fui a la habitación de mis hermanas gemelas y la coloqué con cuidado debajo de la mesa del salón de la casa de la Barbie, antes de que ella y Ken volvieran de su sesión diaria de footing.
Así cualquiera mantiene la línea.
Salón de Cal Barbie, impresionantemente decorada.
divendres, 20 d’agost de 2010
LLAMP

“Llamp” significa rayo. Así se llamaba mi perro, uno de los muchos que tuvimos en casa. Era un pastor belga precioso, más alto que la media habitual en este tipo de raza, y tenía el pelo siempre brillante y sedoso, aunque no lo llevara limpio.
Cuando llegó a casa, tenía un año y medio, más o menos. Lo trajo mi padre (cosa rara), regalo de un colega del trabajo, el cual, supongo, no sabría qué hacer con él, pilló al señor P. con la defensa baja y se lo endilgó.
Al pobre Llamp lo habían educado fatal. Seguramente habría estado todo el tiempo atado y solo, o dentro de un piso, que para un perro grande viene a ser lo mismo. Su antiguo amo, además, lo había malcriado. Sólo como ejemplo, una vez entró con el perro a un supermercado y el animal se puso a jugar y destrozó medio establecimiento, ante las risas del dueño, que no hizo nada por evitarlo.
Como en casa éramos Dios y su madre (siete hermanos, gatos, perros, etc), pues ya no venía de un animal más.
Mi madre tenía, y sigue teniendo, un don con los animales. Parecía Jesucristo con lo de “dejad que los niños se acerquen a mí” (frase que siempre me ha parecido sospechosa), pero con perros. Y con gatos, patos, loros, periquitos, tortugas y lo que se le pusiera por delante. Ella lo sabía y, por supuesto, disfrutaba con ello.
Pero con Llamp no podía tanto. Era violento, además de estar como una cabra, y mordía a todo el que no conociera. Antes, cuando se sacaban a pasear a los perros, se les dejaba sueltos, sin correa, y el animal más contento que unas pascuas. Eso es lo que hacía yo, ya de noche cerrada: abría la puerta de casa y Llamp, como una centella (cómo no) se largaba a galope tendido, y yo tras él, para evitar que le hincara los colmillos al primero con el que se topara. A mí, dentro de lo que había, me obedecía bastante, aunque alguna vez no pude evitar algún que otro muerdo, como se podrá comprobar más adelante.
Dentro de casa, sin embargo, se mostraba de lo más tranquilo y cariñoso, y no daba ningún problema, al contrario. Con nosotros era muy bueno, se dejaba hacer trastadas y no se revolvía apenas. Tampoco se llevaba mal con los gatos, a los de casa los respetaba (otra cosa era si veía alguno por la calle). Lo que no soportaba el Llamp era estar atado en el patio. Lo hacíamos básicamente porque saltaba al del vecino y le destrozaba las plantas. En el nuestro había cipreses separadores, aparte de la valla, se encaramaba a ellos y saltaba al jardín de
Y cuando el Llamp se colaba en él, había que ir a pedirle que nos dejara abrir para recuperarlo, porque él no iba a hacerlo, por supuesto. Se arriesgaba a una buena dentellada en la rabadilla.
Una noche, ya bien entrada ella, me tocó pedir las llaves del patio de
Abrí la puerta de la parte de atrás. Estaba todo muy oscuro, no se veía un pimiento. El animal, que se encontraba en la otra punta del patio, oyó el ruido del cerrojo y corrió hacia la puerta ladrando como un poseso, dispuestísimo a atacar. Se abalanzó sobre mí y, cuando ya iba a hincarme los colmillos en la yugular, me reconoció y saltó al suelo.
Menudo susto me pegué.
Cerré la puerta, entré al perro en el patio de casa y le arreé unas cuantas patadas y una buena bronca, de lo nervioso que me puse. El Llamp no se revolvió, ni mucho menos. Creo que entendió perfectamente (no era gay, no, malpensados), se dejó atar a la cadena y se metió en la caseta él solito sin decir ni guau.
Así que la mayor parte del día se lo tiraba atado a una cadena. Continuaba ladrando al menor ruido, pero al menos no se iba de picos pardos a casa de
Un día mi madre, no sé de dónde lo sacó, trajo un pato a casa, y lo dejó en el patio, claro. Dentro de casa lo hubiera puesto todo perdido.
Sólo le faltaba el pato, al pobre perro. Aquél se pasaba el día pateándose (y nunca mejor dicho) el patio, soltando sus cuás cuás cada dos por tres. Era gracioso y simpático, el tío. Tan gracioso que se acercaba hasta el límite del diámetro que daba la cadena y se quedaba quieto. De esta manera, tenía al Llamp a tres pulgadas de él.
El pastor belga se volvía loco. Tiraba y tiraba de la cadena, pero no llegaba hasta el pato de las narices, y se desesperaba, y ladraba hasta quedarse ronco.
El pato, le llamaremos Cabroncete a partir de ya, ni se inmutaba. Se quedaba allí de pie, incluso llegaba a sentarse. Luego, cuando se hartaba, se alejaba tranquilamente con sus cuacuás a otra parte, dejando al pobre Llamp con un palmo de hocicos.
Cabroncete era, realmente, un cabroncete.
Hasta que… un día volví del colegio y salí al patio. El Llamp estaba tumbado en el suelo, tranquilamente. Parecía relajado y satisfecho. A su lado había unas cuantas plumas de pato esparcidas, un pico de pato, unas patas de pato y unas vísceras de pato.
El Llamp se había vengado de Cabroncete.
¿Qué pasó? Pues pasó que el perro era más listo que el pato: se colocó al límite del diámetro de la cadena. ¿Al límite? Casi. Se tiró unos centímetros hacia atrás, y se sentó a esperar a que se acercara Cabroncete a darle la vara. Cuándo éste se colocó hasta donde creía que podía estar sin que el perro le alcanzara, el Llamp lo agarró por el cuello y lo destrozó cruelmente.
Por eso se le veía feliz., al Llamp.
De nada le sirvió a Cabroncete haberse hecho cuáquero unos días antes.
Un domingo por la tarde, días después, vinieron unos amigos míos a casa. Uno de ellos era muy bruto, y siempre se las daba de muy macho. Se puso a jugar con el Llamp en el patio, a lo bestia, y lo atolondró tanto que al final, el perro se giró y soltó un mordisco que fue a parar a la cabeza de una de mis hermanas, que pasaba por allí. Casi le clava los colmillos en la sien. Mi padre, furioso y entre lágrimas, cargó con C. en brazos y se la llevó corriendo al hospital.
Si le da en la sien, mi hermana no lo cuenta. Cuando volvió, más tarde, mi padre dijo que, si en ese momento hubiera tenido su escopeta a mano (había sido cazador), le hubiera pegado allí mismo dos tiros al perro, aunque éste no tuviera toda la culpa.
La gota que colmó el vaso con el pobre Llamp fue un jueves por la noche. Como casi cada día, abrí la puerta de casa y salí con él a la calle para que paseara. De sopetón, a lo lejos, divisó una sombra que se movía y corrió raudo hacia ella. Yo fui tras él, gritándole que parara, pero no me hizo ni caso: llegó y le pegó un mordisco en el culo a dicha sombra, que resultó ser una pensionista. Le hizo poca cosa, pero se cagó en mis muertos veinte veces y en el perro aún más, y dijo que nos iba a denunciar.
No tuvo tiempo, pobre señora, murió el fin de semana siguiente en un accidente de autocar del Imserso, en Huesca.
A la semana siguiente, cuando volví del colegio, Llamp ya no estaba.
Mi madre lo había llevado a sacrificar al veterinario.
Me dio muchísima pena.
Pero bueno, al cabo de unos días, al vecino de enfrente le pedimos su perro porque siempre lo veíamos solo y, finalmente, nos lo regaló.
El Tort, un setter inglés.















